Sábado 17 de agosto del 2002 La Jaula del Pájaro

Ivo Uquillas: Un pintor que se divierte

Los murales de Ivo Uquillas están en ciertas iglesias de Manabí y también en algunos espacios públicos paganos, como un estadio de fútbol o un centro comercial de Portoviejo.

Sus pinturas y sus esculturas están impregnadas de un color generoso, exuberante y, sobre todo, de elementos populares. Pero también están impregnadas de movimiento. Y de alegría.

¿Usted tiene una formación académica en la pintura?
No. Yo crecí, igual que los palos de algarrobo y los ceibos, en las lomas. Soy un hijo parido por esta tierra.
 
¿Dónde lo parió la tierra?

En Portoviejo.

¿Cómo nació su vocación por la pintura?
Mi papá tenía un taller en el que arreglaba bicicletas. Entonces, cuando estaba pintando los cuadrantes yo le robaba un poquito de pintura. Aparte de eso, para las fechas de los muertos, iba a pintar letras en el cementerio. Nací en una época en que se tenían hijos por deporte: éramos ocho hermanos. Yo iba a las calles a regar tachuelas para que llegaran más bicicletas tubo bajo al taller de mi papá.

Así, hasta que fui creciendo e iba experimentando en la pintura con otros materiales, compraba libros, revistas y viajaba a Guayaquil para ver las exposiciones de pintura de Las Peñas. Iba a Quito, a Cuenca, conversaba con los artistas y esas experiencias me fueron nutriendo, formando.
 
¿Y en el colegio?
Me pasaba dibujando a los profesores. Es que dibujar y pintar ha sido un disfrute para mí. Ha sido como una pachanga interminable.
 
¿Y el color?
Iba probando. Pinté mucho con témpera. Luego hacía dibujos a plumilla. Mucha, mucha plumilla. Después óleos, acrílicos. Y técnica mixta: acrílicos y óleos. También estuve metido un tiempo en periodismo. Me entraron las ínfulas de ser periodista y de serrucharles el piso a los periodistas, pero me retiré porque, en medio camino, me entró el virus de hacer escultura, de comenzar a trabajar con volúmenes. Ahí se me complicó la vida. Hasta que ahora soy un hombre complicado.
 
¿Mucha obra?
Muchos trabajos. He trabajado para las iglesias en Pedernales, Rocafuerte...
 
Entonces con eso ¿ya tiene ganado el cielo?
Por lo pronto, el suelo. Para el cielo tengo que construir una escalera grande. O quizás una cometa de colores para ir subiendo por la piola.
 
¿Qué ha hecho en las iglesias?

Por ejemplo en la de Pedernales hice una mezcla de un Jesús que está ingrávido en medio de un bosque de palmeras, y de mar, estrellas marinas y caracoles. O sea una concepción distinta a las iglesias aburridas donde están los santos que nunca hacen milagros. Pinté sobre el altar un cangrejito que está parado sobre una ola. La ola que besa la playa. La playa que recibe al río. El río que baja desde la montaña y ahí está una mujer lavando ropa: eso está en el altar. Y están los pelícanos y algo de la simbología de la cultura Jama-Coaque, propia de la zona.
 
¿Es decir que usted incorpora lo popular en lo religioso?
Exacto. Y se ha logrado una manera diferente de hacer arte religioso. Todo en volúmenes y colores, volúmenes y colores. En Pedernales también restauré un vitral realizado por un sacerdote vasco. Es un mural de mosaicos donde hay una Virgen morena que carga un Niño Jesús también moreno, con su gorrita de lana, con los pescadores a un costado que están simplemente disfrutando de la vida. Y es que quizás la religión sea eso: un disfrute de la vida.
 
Otra vez: ¿y el color?
Mucho color tropical. Por ejemplo, la iglesia Pío IX, en Portoviejo, se construyó con base en un dibujo de Felipe Huamán Poma de Ayala, cronista indígena de la colonia. Me pidieron que hiciera el altar. Ahí rememoré al hombre indígena en el valle de Portoviejo, la mujer con sus senos al aire moliendo el grano (quizás el maíz, quizás el maní) sobre la piedra, el indígena que pesca con las manos parado en una balsa y el dios Sol que no tiene luces y la diosa Luna y las estrellas y la metamorfosis del tiempo en la arquitectura: las casitas de adobe, los instrumentos de piedra, las columnas manteñas, las casitas de caña, las casas coloniales. Es decir, la transfiguración del hombre y el tiempo. Se ve el río que brota de las montañas y va como una culebra inmensa para quedarse dormido a orillas del mar.
 
¿Qué han dicho de eso los creyentes más tradicionales?
Los creyentes siguen creyendo en esas nuevas cosas, a tal extremo que muchos me dicen el sacerdote Uquillas. Y yo les pido limosna... En Rocafuerte hice un trabajo de un Jesús resucitado que asciende a los cielos desde el pueblo de Rocafuerte. Ahí están el hombre que vende los dulces y el hombre que siembra su arroz, el hombre que está con el agua hasta el cuello. Intento hacer un arte vivo, que contagie de felicidad y alegría, porque siempre he creído que la pintura ecuatoriana se dedicó a hacernos llorar. Al final, creo que es hora de reírse.
 
¿Cómo pasa de ese espacio enorme del mural al pequeño formato de un cuadro de caballete?
El asunto es que yo trabajé diez años como artista gráfico, cuando no existían las computadoras, y hacía ilustraciones de libros. Ahí dibujaba mucho, ilustraba para afiches, revistas, libros. Eso me dio una práctica brutal. Tenía que comerme los libros para parir dibujos. Fue una gran experiencia formativa. Era un dibujo a capella, hecho durante diez años. De ahí salió esta cosa que soy yo.
 
¿Y vive de su pintura?
Sí, solo de eso.
 
¿Bien?
Ahí, regular tres cuartos. A veces no hay para la papa y tengo que fiar un poco de pintura...
 
¿Su pintura ha marcado una corriente?
No creo. Lo mío tiene algo de arte costumbrista, realista, con cierto toque caricaturesco. A veces, cuando ando por las calles y contemplo el escenario teatral de la vida de todos los días, veo a nuestra gente como caricaturas. Nuestros rostros son caricaturas que andan. Lo que pasa es que, de tan acostumbrados a vernos, no nos damos cuenta. La calle me dicta lo que hago: lo que hago es robar los rostros de la calle y los encarcelo en mis cuadros. Y meto ahí también a mis amigos. Por eso quiero pintar un mural para Guayaquil que se va a llamar El día que enterraron a Julio Jaramillo Laurido, quizás interpretando la poesía de Fernando Artieda. Una masa de gente. Eso me da vueltas en la cabeza. Quién sabe que en ese mural pueda ubicar a San Pedro parado en la taberna eterna del cielo, y los angelitos y las angelitas jugando billa, naipe y volando con sus alas de gallinazos, arriba del mural, esperando a su hijo predilecto: JJ, el cantor de siempre. Algo así. Yo lo tomo como si escribiera poesía con dibujos y colores.
 
¿Pone nombre a sus cuadros?
Muchas veces el cuadro tiene el título de lo que veo en la calle. Por ejemplo, veo una cerca podrida con un charco oscuro y una casa a un lado. En la cerca hay un letrero que dice: “No mearse aquí, carajo”. Y el cuadro se llama  No mearse aquí, carajo. Yo no pongo los nombres a mis cuadros, los pone la gente.
 
¿Qué le llevó a la escultura?
Sentía que la materia me llamaba. Yo quería salirme del plano hasta que un día resolví encontrarme con los volúmenes.
 
¿Con qué materiales?

Comencé con arcilla. Luego, fibra de vidrio. Esa fue ya otra experiencia. En la escultura no entra el dibujo sino el volumen, es otra cosa.
 
¿Esas esculturas, esos murales convierten a su arte en público?

Claro. Cuando uno hace un mural, la gente que pasa por ahí es la dueña del mural.
 
¿Dónde están sus esculturas públicas?
Por ejemplo, he trabajado en volúmenes de alto relieve en el estadio de Los Reales Tamarindos, donde hice unas figuras atléticas de hombres desnudos, en pelotas, que intentan alcanzar la gloria. Eso está hecho en fibra de vidrio y metal. Ahí estamos.
 
¿Qué hace cuando no pinta ni esculpe ni muralea?
A veces escribo un poco de poesía destartalada como yo. Y los fines de semana juego indorfútbol con mis amigos para no olvidarme que estoy parado en la tierra y que el artista no es un semidiós intocable. Si yo pinto a la gente que está en la calle, tengo que estar ahí. Yo soy de la calle. Después de almuerzo me gusta pegarme una ruquita. De noche, acompaño a mi señora a la universidad y luego me pongo a soñar, a pensar en algo nuevo para mañana sin olvidarme de lo que hice ayer.
 
¿Es muy autocrítico?
Soy muy exigente con mi trabajo, sí. Lo aparentemente liviano de mi obra requiere mucha técnica, mucho esfuerzo.
 
¿Para un mural o una escultura hace muchos bocetos?

Parto de una idea. A veces hago un boceto breve pero por lo general voy directo. Por ejemplo, en el mural del centro comercial El Paseo, de Portoviejo, tuve que pintar sin dibujar, porque debía  entregarlo en dos meses y medio. Lo pinté directo. Y directo aparecían las formas con el color. Fue una locura. Después me preguntaba ¿cómo lo hice, qué pasó? Uno entra en trance. ¡Yo qué sé! ¿Será que el cerebro se le trastoca a veces al artista? Pasé trabajando dos meses y medio sin dormir, seguía y seguía. Terminé casi anestesiado. Si dormía, lo hacía con los ojos abiertos. Habrá que ver hasta cuándo soporta eso el cuerpo.
 
¿Va a seguir en el muralismo?

Creo que cuando uno entra en volúmenes y en grandes espacios, no para.
 
Pero el problema es que no siempre hay espacios grandes para hacer un mural...
Entonces habrá que inventarlos, pues. Lo mío es ganas de pintar algo y ahí se va. Y la gente lo acepta y se divierte. Arte para divertirse: eso es lo mío.

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