Domingo 28 de julio del 2002 La Jaula del Pájaro

El amigo prohibido

Después que mi paladar, aún adolescente, se calcinó con el fuego de los primeros whiskys y mi corazón se aceleró con la presencia intermitente de una mujer que se desvanecía al ritmo de cada nuevo bolero, seguramente él –a la hora de la resaca, el crujir de dientes y los arrepentimientos– llegó de puntillas al alba para hacerme compañía y exorcizar los fantasmas de la noche anterior.

O quizás fue en ese atardecer en que por primera vez contemplé de frente el rostro de la muerte y su inequívoca presencia hizo que lo llamara a él para poder soportar tanto dolor sin enloquecer, mientras mojaba con llanto mi futuro.

O tal vez él apareció para socorrerme cuando, en un acto de soberbia y petulancia, pretendí cruzar el hondo abismo del silencio haciendo equilibrio sobre la cuerda floja de la escritura y me desmoroné al vacío, ignorante de los rigores de la palabra, sus complejidades y caprichos.

Aun sin que pueda saber la fecha precisa, el instante definido, sé que vino revestido de misterio y de negror y comenzó a estar cerca, sirviéndome de sustento en mis angustias, en mis desolaciones, y también insuflándome alegrías con su aroma de amigo y su generosa generosidad de compañero.

Él sabía que lo necesitaba cada vez con mayor asiduidad y por eso madrugaba, puntual, a acompañarme en esos despertares en que me hablaba desde sus silencios. Me hablaba con esa ingenuidad que había traído desde el campo, pero con la sabiduría heredada de quien se ha impregnado de naturaleza, de rocíos, de vientos y de lunas.

Él sabía que lo necesitaba y acudía para trastrocar en enérgica mi voz medrosa de buscador de verbos: no dudaba en transmitirme la fuerza que era suya y en hacer que mi sangre comenzara a hervir hasta alcanzar la calcinante temperatura de la ira.

Tenía –también tenía– el don de inyectarme una dosis de paciencia cuando, en mis prisas, acometía tareas con la urgencia que dictaba mi ánimo. Entonces él me prestaba su calma, pues conocía la magia de aletargar el tiempo y por eso me escoltaba en las largas caminatas circulares alrededor de mis vacilaciones, de mis quebrantos, de mis dudas.

Doy fe que siempre estuvo ahí en los instantes cruciales, aquellos que definen el inmediato derrotero que marcará el rumbo de las largas rutas. Y jamás faltó a las citas en que, con algún otro amigo como él, nos dábamos a la tarea de soñar, de fabricar quimeras, de esculpir imposibles en el aire. Estaba ahí para unirse a nuestras divagaciones y adjudicarnos
valor el instante de las dubitaciones, pero, sobre todo, el momento en que la realidad nos pasaba la factura del fracaso, que los derrotados solemos cancelar con gesto displicente y sonrisa desenfadada.

Ahora, en una acción de esas que la vida impone con inescrutable crueldad, se me ha conminado a alejarme de él, con el argumento –quizás a medias cierto, quizás falaz– de que su cercanía me es perjudicial.

Ignoro por completo cómo irán a transcurrir mis días sin su apoyo fiel. No sé tampoco si podré soportar la felonía de haber aceptado, de manera débil, complaciente, apartarlo de mi rutina, y si a él tendré que volver a acudir más temprano que tarde, en un llamado de auxilio desesperado y postrero. No sé cómo podré hacer que las horas –hoy tan largas, tan monótonas, tan horas, tan vacías– vuelvan a tener el ritmo al que me había acostumbrado con él en mi delante, con su humeante aroma seductor y su amarga negrura.

En todo caso, tengo la certeza que el mal que los médicos anuncian que el café me ha causado es inconmensurablemente menor al bien que me ha hecho desde ese día confundido en la memoria en que, sorbo a sorbo, trabé con él una amistad que creí imperecedera.
La Jaula del Pájaro

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