Sábado 27 de julio del 2002 Lo Máximo

Con el corazón en dos países

Especial para EL UNIVERSO | Moisés Pinchevsky

Jóvenes extranjeros establecen vínculos eternos con el Ecuador y las familias anfitrionas que los reciben de intercambio.

Jet Van Wifferen (21), de Holanda, se encuentra en Guayaquil desde hace tres meses. Es la cuarta ocasión que ella visita el país que exploró por primera vez hace cuatro años, cuando, traída por una organización internacional, convivió con una familia local para aprender castellano.

Aquí, sin embargo, ella se enganchó mucho más de lo esperado. Según confiesa, se enamoró de los atractivos del país, sus regiones, tradiciones, costumbres y, sobre todo, de un ecuatoriano.

Iván Romo-Leroux, de 30 años, es el feliz prometido de Jet, y desde que están juntos han vivido su relación entre e-mails, llamadas telefónicas internacionales y las visitas que se realizan respetando su disponibilidad y presupuesto.

Según ellos, la relación entre jóvenes de diferentes culturas puede ser complicada, pero no imposible, ya que hoy planean continuar su vida juntos.

“Hemos tenido que superar más obstáculos que los de una pareja convencional, pero creemos que lo estamos haciendo bien”, afirma Jet, quien recuerda cuando incluso se obligaron a “juntar las hambres”, ya que Jet estaba acostumbrada a tener la merienda como la comida principal del día, mientras que para Iván “el almuerzo es todo”.

Hoy ambos comen a la hora ecuatoriana, pero el menú que Jet elija preparar, preferiblemente vegetariano, por lo saludable.

Otra situación extraña para Jet fue la forma en que Iván la trataba al inicio, sobreprotegiéndola por el simple hecho de ser mujer.

“En Europa los hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y obligaciones, pero aquí ni siquiera me dejaban pagar una cola”, dice Jet, quien ahora comparte los gastos con su novio.

El mes próximo esta pareja viajará a Holanda con planes específicos: Jet busca terminar su carrera de Trabajo Social e Iván va tras un posgrado en ingeniería civil,  y ambos, a seguir con la construcción de un futuro juntos sin importar dónde se encuentren.

Entre hermanos
Los ojos cafés de la tímida María de los Ángeles Ochoa (12) se clavaron en el rostro del noruego Olav Gramstad Rogde (17). El silencio la abordaba mientras pensaba, sin éxito, qué contestar. Olav le respondió con una mirada de cariño y a la mirada inquisidora con una afirmación muy concreta: “Curiosidad hacia un total desconocido que entonces sería su hermano”. Ella comenzó a sonreír mientras asentía con la cabeza. Él había dado en el clavo.

¿Cuál fue tu primera sensación cuando conociste a Olav?, fue la pregunta que le hicimos a María de los Ángeles, la más joven de la familia Ochoa Hidalgo, que del 6 de septiembre al 8 de julio de este año acogió al joven europeo como el sexto miembro de un círculo de sangre antes compartido solo por Román (padre), Graciela (madre), María Gabriela (hija de 18 años), Richard (hijo, 17) y la menor, María de los Ángeles.

Durante el resto del diálogo María de los Ángeles no dijo ni pío, permaneció callada, expectante, atenta. Su pariente estaba hablando. “Para integrarme me ayudó mucho que María Gabriela y Richard (hermanos) sean casi de mi edad, mientras que a María de los Ángeles la quiero como a la hermanita que nunca tuve”, comenta.

Olav recuerda que desde el inicio Richard lo introdujo entre sus amistades y lo llevaba a fiestas organizadas y reuniones de jóvenes.

En este círculo fue bien recibido por sus contemporáneos y ganó buenos amigos a quienes frecuentaba para escuchar rap (su música favorita), salir al cine, a comer, pasear y charlar por horas.

Pero las mejores conversaciones las sostenía con su hermano Richard, poco antes de dormir. “Mi mamá nos repelaba porque con Olafo (como lo llamaba a veces) nos quedábamos hablando hasta pasada la medianoche”, recuerda Richard, quien era su confidente y mejor amigo.

Así Olav pasó uno de los mejores años de su vida, aprendiendo una cultura que ahora ama, según él mismo afirma hasta el punto de ya pegársele algunas cosillas propias de los ecuatorianos.
“Ya soy todo un guayaquileño, lo único malo es que me he vuelto algo impuntual”, bromea, a dos días de regresar a su natal Noruega.

Calor guayaco
Poco antes de tomar el avión, Graciela, madre anfitriona, le confesó a su nuevo hijo sobre lo mucho que lo extrañará y que esperaba que, entre lo aprendido en tierras guayaquileñas, siempre recuerde  mostrarse más cariñoso con los que ama, lo cual es contrapuesto a la frialdad europea a la que él estaba acostumbrado.

Sin duda, Olav entendió que la despedida era el momento perfecto para demostrarle a su madre lo bien aprendida que tenía esa lección, porque en ese momento evidenció su cariño por los Ochoa Hidalgo con expresivos abrazos acompañados de la promesa de un pronto regreso.

Lo Máximo

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.