Domingo 21 de julio del 2002 La Jaula del Pájaro

Las sorpresas del turismo

Soy, por naturaleza, sedentario. Eso quiere decir que no fui hecho para paseos y excursiones ni cosas que se les parezcan.

Quizás lo que más me espanta es el pensamiento del regreso, siempre tan cansino, siempre por un camino que parece doblemente largo que el de ida, siempre con una pesadez somnolienta y una falta de interés por el mismo paisaje ya contemplado horas antes, en medio de una conversación que necesariamente tiende a aletargarse y a oscurecerse, como la tarde.

Sin embargo, hay ocasiones en que salir de paseo resulta inevitable. E inexcusable e impostergable, además. Sobre todo cuando uno carga el peso de la mala conciencia de ser un padre de familia aburridísimo, que no sabe aprovechar las maravillas que le ofrece un país impresionante. Y de no acceder nunca –o casi– al pedido de sus hijos que, necesariamente, son tan maravillosos como el país: variados en su altura; cruzados por una línea imaginaria; cambiantes en su temperatura, y segundos en el mundo después de la Marsellesa, como el himno nacional.

Por eso, este último domingo salí de paseo, obedeciendo sumisamente la orden de mi hija Valentina, que me había pedido que la llevara a Otavalo.

-¿Y para qué quieres ir a Otavalo?-, le pregunté con la secreta esperanza de que su respuesta me diera argumentos suficientes para convencerla que sería mejor quedarnos en casa.

-Para comprar joyas- me dijo.
Quedé absolutamente desarmado. Porque, como padre, sé del gusto que tiene mi hija por las joyas o, por lo menos, por eso que ella cataloga como joyas.

Una vez estábamos en una reunión en la cual una señora, de esas que usan joyas, ponderaba el valor de sus esmeraldas, charla que Valentina –que entonces era una niña– oía embobada y, según parecía por su expresión de pasmo, interesadísima.

Después le averigüé su opinión sobre lo que había contado la señora.

-Es una vieja sobrada- me dijo-. Se da de mucho porque sus joyas son de esmeraldas, cuando eso no es nada raro: todas mis joyas también son de esmeraldas.

Enseguida pasó a enumerarme la cantidad de collares, anillos, pulseras y aretes que había comprado a los vendedores de chucherías a lo largo de sus continuas excursiones por Atacames.

Tuve que darle la razón: todas sus joyas también eran de Esmeraldas. Que las de Valentina no fueran de piedras verdes, no sumaba ni restaba nada al acervo que escondía su cofre.

Así es mi hija Valentina con las joyas y, como se comprenderá, me resultó imposible decirle que no cuando ella me pidió que la llevara a Otavalo.

Claro que en el trayecto hicimos una necesaria parada en Calderón, donde ella había oído que vendían una figuras de mazapán con las que no quería enjoyar su cuarto.

Después, cuando al pasar por Guayllabamba me dijo no sé qué de las chirimoyas, yo saqué de la manga un argumento que me pareció incontrastable para hacerla desistir de la idea: las chirimoyas engordan y, además, producen celulitis.

Con el juramento de que ni siquiera me sugeriría detenernos en ningún otro lugar del camino, llegamos a Otavalo.

Otavalo, como se sabe, es una ciudad poblada mayoritariamente por los indios otavaleños, de ancestro industrioso y comercial, que reciben muy bien al visitante. Tan bien, que apenas lo ven a uno deducen que es extranjero y comienzan a ofrecerle en impecable francés los productos que exhiben. Al no obtener respuesta, pasan al alemán, siguen por el italiano y terminan en ese idioma que se va volviendo universal: el inglés.

Cuando notan que uno se comunica en español, sufren una tremenda decepción porque conocen de antemano que su interlocutor iniciará la transacción pidiéndoles rebaja, por lo menos para que la próxima vez no le vean la cara de gringo.

Otavalo es una ciudad. Y muy bella. Sin embargo, el mercado de los sábados prácticamente impide admirarla, por el simple hecho de que por todos lados se venden los productos más variados e inimaginables: desde los tradicionales tejidos (que tan famosos han hecho a los otavaleños) hasta motocicletas (que tan famosos han hecho a los japoneses), pasando por cuadros auténticos y otros que son burdas copias de renombrados pintores ecuatorianos, figuras arqueológicas de antigua y última data junto a tapices de lana y demás artesanías que ese momento atraen pero después uno no encuentra dónde colocar.

Pero como nuestra meta eran las joyas, pues a las joyas fuimos. Había muchas, ubicadas sobre unos mesones que copaban una calle entera. Todas –o casi– eran de aquellas que enloquecen a mi hija Valentina que, con una solvencia de experta, seleccionó aretes, anillos, collares y hasta un par de gafas de legítima procedencia taiwanesa, que nunca supe si le gustaron porque hacían juego con un quipus que acababa de comprar o con el verdor de las aguas del lago San Pablo, que habíamos admirado al paso.

Inmediatamente pasamos a otra área, donde los productos no entraban en la categoría de las joyas sino en el de blusas y pantalones de algodón y los gruesos sacos de lana que los hippies contribuyeron a popularizar y los padres contribuimos a financiar.

Así y todo, el viaje no resultó caro, aun sumando la gasolina invertida y los dos peajes que se interpusieron en la ruta.
Lo caro, realmente caro, vino después: como ya había disfrazado mi ánimo con traje de aventurero, tuve la debilidad de aceptar, ya de regreso, entrar a Cotacachi, donde mi hija sugirió que almorzáramos el plato típico del lugar, tal como hace cualquier turista que se precia. En realidad, la carne colorada resultó apoteósica, con su resguardo generoso de aguacate, papas con salsas de queso y maní, tostado y mote.

Así como en Otavalo el mercado es variopinto, en Cotacachi el comercio presenta una extensa oferta de cuero: zapatos, carteras, chompas, pantalones, cinturones y un larguísimo etcétera que resulta de despostar vacas con sus respectivos terneritos no natos, según explicó la señorita que convenció a Valentina que esa chaqueta que se probaba estaba esperándole a ella, y solo a ella.

Las mismas palabras repitió luego la señorita (de un cuero que parecía importado) que vendía zapatos, cinturones y carteras.

En Cayambe, ya no fue la Valentina sino la mamá de la Valentina, o sea mi mujer, la Cata, quien me pidió detenernos para llevar a nuestra mesa aquellos productos típicos de la zona que –tan emocionados como estuvimos al adquirirlos– calculo que nos alcanzarán para subsistir durante un mes, por los menos (recién ha pasado una semana y estoy comenzando a sospechar que una dieta a base de bizcochos, quesos y manjar blanco en el desayuno, almuerzo y cena puede resultar levemente insana).

A pesar de estos imprevistos, el viaje resultó muy agradable e instructivo, pues descubrimos cosas nuevas, conocimos gente, nos divertimos, comimos diferente y compramos, como cualquier turista, elementos muy variados.

Después de mirar mapas, revisar planos y hojear varios folletos, estoy planificando un sitio ideal para salir de paseo este domingo, aunque guardo para mis hijos la sorpresa, que será anunciada a último momento: ¡iremos a un centro comercial!
Y es que, repentinamente, he descubierto que en verdad esto del turismo ha comenzado a entusiasmarme...
La Jaula del Pájaro

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