- JUL. 14, 2002 - Foto - La Jaula del Pájaro - EL UNIVERSO
Maximiliano Donoso Vallejo fue el subsecretario de Gobierno de dos ministros que se fueron (Juan Manrique y Marcelo Merlo) y sigue siendo del actual: Rodolfo Barniol. Se mueve ahora en otro escenario, distinto al de su época universitaria, cuando era actor de teatro y, como tal, caracterizaba a varios personajes. “Esa fue una etapa creativa, lúdica”, dice. Ahora solo se interpreta a sí mismo.
Lo encuentro en su casa, una tarde de domingo.
Maximiliano, ¿por qué le pusieron ese nombre?
Por mi abuelo: Maximiliano Donoso.
¿De él heredó también su gusto por el Derecho?
Maximiliano Donoso era un gran abogado que murió joven, a los 42 años. Por el lado materno, mi abuelo fue Rafael Vallejo Larrea, también abogado y, además, poeta.
¿En su casa siempre se respiró un aire de cultura?
Así es. Mi padre, arquitecto y pintor, también amaba la música, tocaba guitarra y cantaba muy bien.
¿Estaba vinculado a la política?
Solo esporádicamente.
Y entonces ¿de dónde salió su vena política?
De mi pasión por el país.
¿Una pasión que le llevó a afiliarse a algún partido?
Solo al Partido Demócrata, cuando era candidato a la presidencia Francisco Huerta Montalvo.
¿Se graduó de abogado?
No concluí mi carrera quizás por falta de persistencia en el estudio. Comencé a trabajar en otras cosas.
¿Su vida ha tenido muchos ejes?
He tenido la suerte de trabajar en distintos campos. Me inicié en un estudio jurídico y luego me vinculé a empresas, entre ellas una de helicópteros que volaban al Oriente. Luego fui a diario El Comercio, donde estuve, por siete años, en la parte administrativa. Después, diez años en seguros. De alguna manera mis actividades, incluso en el campo empresarial, estuvieron vinculadas con el bienestar de la gente.
¿Por una sensibilidad hacia el ser humano?
Es lo que más me interesa: el ser humano. Completé mi formación con cursos y seminarios que yo mismo me los armé, donde estudié negociación, manejo de crisis, globalización. Posteriormente trabajé en la fábrica de llantas Erco y durante diez años tuve un espacio en la radio, como comentarista político.
¿Moverse en tantos ámbitos le sirvió para hacer una radiografía del país?
Mi gran riqueza ha sido la posibilidad de conocer ese Ecuador que no está en la vitrina, ese Ecuador de los sectores humildes, campesinos.
Bueno, pero también la suerte le echó una mano. ¿No se ganó la lotería?
Efectivamente, la Junta de Beneficencia se pronunció y me otorgó el gordo. Eso fue en 1989.
¿Qué sintió?
Iba con mi mujer, quien tenía un guachito que quería canjear. Yo siempre he sido comprador de lotería y tenía un entero en el bolsillo con el que no había sacado ni siquiera reintegro. La vendedora me ofreció un número terminado en dos. Le dije que no, porque yo solo compraba en cero o en ocho. La señora sacó los billetes, los dobló, me dijo ‘véame bien la cara porque este es el número premiado’, se santiguó y me entregó el número. Al día siguiente vi el periódico y grité: ¡Nos sacamos la lotería!
¿Juega más en la mesa o en la vida?
En la vida. Yo apuesto al país y a su gente.
¿Aún cree en el país?
Por supuesto. Lo que tenemos es que poner de moda una revolución ética. De todas maneras, creo que el Ecuador, del año 1999 a la fecha, ha recuperado terreno, pese a que estuvimos al borde del abismo. Las élites, de manera irresponsable, han saqueado al país, no se han comprometido invirtiendo aquí: no es éticamente aceptable que haya 15 mil millones de dólares depositados afuera. Las élites han vivido de la evasión tributaria, del diferencial cambiario cuando teníamos soberanía monetaria, del contrabando y del pago de bajos salarios. Entonces, esas élites tienen que volver sus ojos al país.
Y el funcionario público, ¿qué?
Quienes optamos por la función pública, sea por elección o designación, tenemos que entender que el poder es válido mientras esté dirigido a servir. Mi convicción es de servicio. Y cuando uno opta por ese servicio, no se le pierden los papeles. Uno se podrá equivocar de buena fe, pero no comete errores de bulto por intereses dirigidos, sean de grupos o de personas. Por fortuna soy un ser libre.
¿Y quizás por eso tres ministros de Gobierno le han pedido que los acompañe?
Sin falsas modestias, creo que es porque he demostrado que se puede actuar con firmeza, con honradez, con honestidad y con transparencia. El problema surge cuando la autoridad constituida engaña, miente o suscribe acuerdos que no va a cumplir, para salir del paso.
Pero usted también se habrá equivocado...
A veces me he equivocado al confiar en algunas gentes, y eso es un revés. Sin embargo, no soy hombre de enemigos, sino de muchos amigos.
¿Guarda rencores?
Nunca. Es que no hay peor negocio que guardar rencores. Cuando uno alimenta odios pierde la capacidad de amar.
¿Es optimista?
Sí, pese al dicho que un optimista es solo un pesimista desinformado. Todavía creo en la bondad de la gente. Ando por la calle solo y a la luz del día.
¿Cómo descansa?
Con mi familia, en mi casa, donde tengo el apoyo de mi mujer y mis hijos. Además, tengo un grupo de amigos con los que me reúno una vez por semana a jugar dardos.
¿Los lanza o los recibe?
Los lanzo, claro.
¿Es hombre de pasiones?
Tengo mis convicciones, pero trato siempre de ponerme en los zapatos del otro, de entenderlo. Quizás el mayor problema cuando uno ejerce una función es que pierde la perspectiva de la contraparte. A mí me interesa mucho escuchar.
¿Es enérgico?
Cuando tengo que ejercer mi autoridad, la ejerzo sin ninguna duda. Uno no puede confundir la tolerancia, la capacidad de escuchar y la racionalidad con la debilidad.
Sin embargo ¿no se ha extraviado en el país el principio de autoridad?
Y de algo que es mucho más grave: de institucionalidad. Hay una pérdida del concepto de la responsabilidad que implica ser autoridad. La gente piensa que la autoridad es una suma de privilegios, cuando es todo lo contrario:
una suma de responsabilidades. Mirar la autoridad desde la perspectiva de los privilegios es un error.
...autoridad que no abusa...
...pierde su prestigio. Eso es lo que lleva a toda suerte de distorsiones. Los políticos tienen que tener cuatro o cinco ejes por donde lleven al país en materia económica, política, social, de seguridad.
A propósito de seguridad, ¿no es ahora uno de los problemas más acuciantes?
Por supuesto. La seguridad no es netamente militar o policial, no es un tema represivo. La seguridad tiene una íntima vinculación con el desarrollo. Donde existe pobreza, aislamiento, exclusión, la inseguridad encuentra tierra fértil. Lo que hay que hacer es dar oportunidades de empleo a los sectores más vulnerables. Para mí, la única política social es el empleo.
¿Un empleo que se busca desesperadamente en el exterior?
No olvidemos que la crisis nos empobreció a todos, indistintamente. Todo eso, sumado a la incuestionable ola de corrupción en todos los niveles, inclusive en el sector privado. Hay que volver al corazón del hombre para entender que el bienestar compartido es la mejor seguridad que podemos dar.
¿Quién empieza?
Yo no tengo problema en empezar. La mejor cultura que podemos dar es la del ejemplo: saber que lo que uno hace está a la luz del día y puede ser escudriñado por quien quiera.
Desde esa óptica, ¿la autoridad es una luz, un faro?
Algún pensador decía que los líderes crean líderes, no seguidores. Hay que multiplicar el liderazgo para cumplir con el deber. Aquí nos abrumamos al ver cómo se condecora a las autoridades porque han hecho tal o cual obra. Pero ¿por qué se las condecora si esa es su obligación? El país demanda a gritos una voluntad de hierro en el ejercicio del poder, acompañada de un comportamiento ético igualmente de hierro.
¿No es eso soñar?
No abandono mi condición de soñador porque me ayuda a seguir viviendo. Creo que nuestros hijos merecen un derrotero mejor y, para eso, inclusive vale morir en el intento.
Antes de morir, ¿hace ejercicio?
Voy al baño turco dos o tres veces por semana. También camino.
¿Come mucho y se trata bien?
Como sin restricciones pero cuido mucho mi salud mental mirando siempre hacia adelante. El deporte que más practico es el de la conversación. El único requisito es que la contraparte tenga talento, porque ya estoy viejo para soportar pendejos.
¿Tiene miedo a la muerte?
No. Tengo la convicción de que el Señor me llevará cuando haya cumplido lo que tenía que hacer.
Nombra al Señor. ¿Es creyente?
Soy creyente y practicante. Voy a misa todos los domingos.
¿Ese es el único momento en que apaga el celular?
Ahí el celular no corre porque estoy hablando directamente con el Jefe.
¿De qué pecados se confiesa?
De todos, que por fortuna no son muchos. Y todos los paso por veniales. Yo no creo en un Dios castigador. Si el Señor nos puso en el mundo está en nosotros hacer el bien, trabajar por el resto.
Y lo material, ¿qué?
Nunca aposté por la acumulación, y eso me hace libre. Trato de vivir con decencia, sin excesos ni vanidades. Yo estoy anclado a la realidad, tanto es así que en mi casa soy el encargado de lavar los platos después de comer.
¿Y lo hace bien? ¿Tiene obsesión por la limpieza?
Sí. No he recibido en estos dos años a una sola persona que haya ido a mi oficina para insinuarme cosas que no sean claras. Será quizás porque me conocen. Yo me muevo con una trilogía: a los poderosos, con firmeza; a los iguales, con respeto; a los humildes, con ternura. Y eso ha hecho que mi trabajo se haya vuelto llevadero.