Domingo 30 de junio del 2002 La Jaula del Pájaro

Raymundo, el juglar que perdió su nombre

Llega con puntualidad inglesa a nuestra cita en Portoviejo. Y, como justificándose, me explica que tiene obsesión por la puntualidad. Y entonces yo, confundido porque me disponía a una larga espera, le pregunto por Raymundo. Y él me dice que Raymundo es él. Raymundo Zambrano, por más señas. Que quizás yo quería preguntarle por Pascual Mendoza, el personaje que él creó para el teatro. Y yo le digo que sí, que claro. Que perdón por el error.

¿De dónde sacó usted el personaje de Pascual Mendoza?
De la memoria. Mi mamá me contaba de un tío abuelo suyo  a quien no conocí. Creé a Pascual pensando en él.

Y su vocación por el teatro, ¿de dónde sale?
Nací en el campo y la única referencia que tengo son las veladas en las que mi padre contaba cuentos. Mi papá, Duval Zambrano, es cuentero. Todavía me cuenta cuentos.

¿Qué cuentos?
De la tradición oral, especialmente manabita. Los campesinos entremezclan el cuento con la realidad, con lo cotidiano.

Si están hablando de San José, del diablo o de Taita Dios, es como si estuvieran hablando del compadre. Hay también irreverencia, que es una de las cosas que más me gustan. Además, los personajes son una respuesta ante el poder: siempre hay uno que termina casándose con la hija del rey o engañando al rey. Es una manera de desquitarse.

¿Hasta cuándo vivió en el campo?
Hasta los 7 años. Luego fui a estudiar en Manta. Y a los 18 años empecé a hacer teatro.

¿Qué le impulsó al teatro?
No sé, porque yo era introvertido. Alguna vez fui a ver un ensayo y ahí me quedé: algo se movió dentro de mí. Nunca antes había visto una representación escénica, nada. De eso han pasado 20 años.

¿Era buen estudiante?
Hice doce años de secundaria. Es que oía que había un taller de teatro, dejaba el colegio y me iba. Por eso hice cuatro veces el sexto año. Entraba y salía. Cuando no estudiaba, trabajaba en la calle, lustraba zapatos, esas cosas. Ahí aprendía más que en el colegio.

¿Nunca pensó seguir alguna carrera universitaria?
Bueno, al principio quería ser médico. Pero por el teatro me olvidé de eso.

¿En cambio, se doctoró con el grupo La Trinchera?
La Trinchera nació en el colegio 5 de Junio, con siete estudiantes. Con La Trinchera estuve doce años. Luego fundé el grupo Palo Santo, de la Universidad Eloy Alfaro, del que hasta ahora soy director. Y me dediqué a contar cuentos.

Para mí los cuentos eran algo natural. No he investigado para hacer lo que hago: solo he tenido que recordar mi infancia. Mi tío, Arnoldo Zambrano, una vez me contó un cuento y al otro día se murió. Así como a mi tío, he visto morir a una docena de cuenteros.

Entonces ¿ese don de contar se está perdiendo?
El ciclo vital se interrumpe. Esa tradición se queda en los viejos. Los hijos salen a la ciudad y los cuentos se pierden.

Volvamos a su personaje Pascual...
Surgió de una obra de teatro que se llamó El tejedor de sueños. El personaje después se quedó solo y, de una manera natural, se convirtió en contador de historias.

¿Y dónde las cuenta?
Hasta en un hipódromo, después de la quinta carrera, ha contado sus cuentos. Y en la cárcel, en un bus, en un barrio, al pie de un árbol. Donde sea.

¿En sus cuentos entra todo, hasta la comida manabita?
Claro. A la gente le hablo de la diversidad increíble de comidas que tenemos. Lamentablemente, hay comidas que también se van perdiendo, como el pan seco, por ejemplo. O frutos que han desaparecido. En este país podemos perder cualquier cosa... hasta la moneda la perdimos. De pronto, a alguien se le ocurre cambiarnos el idioma y no pasa nada. La comida, como el lenguaje, nos identifica, nos remite al lugar del que somos.

¿No hay un estereotipo del manabita?
Mujeriego, machista, machetero. Yo peleo mucho contra eso. He mandado a la mierda a un poco de actores que, interpretando a un campesino, lo caracterizan como bobo. En su hábitat, el campesino es un sabio, un filósofo.

¿Fuera de su hábitat la cosa cambia?
Ese campesino sabio, puesto en las calles de Guayaquil o Manta, está fuera de su ambiente, descontextualizado. Ese fue mi trauma a los 7 años, cuando llegué a Manta. Entonces me decían Capiro, hasta el punto que me daba vergüenza ser campesino. Solo gracias al teatro recuperé mi autoestima de campesino. Llegué a pensar que era una maldición haber nacido en el campo. ¡Capiro!

¿Le costó mucho adaptarse a la vida en la ciudad?
Fue un golpe muy fuerte. En el campo aprendí las cosas de otra manera, siempre en contacto con la naturaleza. Me pusieron de pronto en el asfalto y eso fue un shock.

¿A qué edad entró a la escuela?
A los 5 años, pero estuve solo media hora en primer grado; enseguida me subieron a segundo porque mi mamá nos había enseñado a todos sus hijos a leer y escribir. Aún no había cumplido los 10 años y ya había terminado la primaria. Luego estuve dos años sin estudiar, trabajando como albañil, pintor de brocha gruesa, carpintero.

¿Toda su familia salió del campo y fue a Manta?
Sí, porque mi papá quería que todos sus hijos estudiaran.

¿Cuántos?
Éramos nueve. Mi hermana murió y quedamos ocho. En el campo éramos una familia y cuando salimos no éramos nadie: tuvimos que empezar de cero.

¿Solo usted es actor?
Sí. El único que pasó del anonimato al desprestigio. Es que ser actor en una familia pobre era terrible. ¡Se suponía que tenía que ser doctor!

¿Cómo caracteriza usted a su personaje Pascual?
Él ha ido creciendo conmigo. No es un personaje de adentro de Manabí, sino que también ha viajado y conoce. No tiene un texto definido. Yo, para empezar una función, elijo un cuento y hago refranes y amorfinos.

¿Eso implica que es un hombre de gran velocidad mental para ir improvisando?
Eso me ha dado la práctica. Tengo la musicalidad del amorfino. Incluso hice un libro el año pasado, que se llama Historias de don Pascual, igual que el espectáculo que hago.

¿Qué significa que ese personaje no sea un campesino de adentro?
Si bien habla como un campesino manabita, se ha ido enriqueciendo con todas las vivencias a lo largo de las más de 3.000 presentaciones que ha hecho. Ha asistido a más de 25  festivales internacionales y últimamente estuvo en uno en España.

¿A usted lo identifican con el personaje?
A veces de las radios llaman para entrevistar a Pascual. Como él maneja un humor muy fresco, la gente le cree a él más que a mí. Yo ya perdí mi nombre. La gente me ve y me dice don Pascual.

¿Está casado?
¿Pascual?

No, usted.
Me he casado dos veces y me he divorciado dos. Mi hija mayor, Sofía, va a cumplir 15 años. Mi hijo Luciano tiene 8 años y también cuenta historias. Yo quería que se hiciera futbolista, porque como actor voy a tener que mantenerlo el resto de mi vida. Y mi hija menor, Lía, tiene 5 años.

¿Usted es introvertido?
Sí, todavía me pongo colorado cuando hablo de cosas personales.

¿Y Pascual?
Se me pasa por encima. Va y enamora una muchacha. Y entonces la gente cree que yo soy igual que el personaje y no es así. Pascual tiene su propia biografía, su propia vida. Quizás sea más interesante entrevistarlo a él que a mí.

¿Cómo es su relación con el público?
Yo no cuento para el público: yo cuento con el público. El público es un interlocutor, no un espectador. Converso con él, me siento donde él está, le digo un piropo a una muchacha, charlo de todo en medio del cuento que estoy contando. Y así la función puede durar horas. Me divierto muchísimo, mucho más que el público. (De repente se escucha un timbre agudo, típico de un celular. Raymundo dice “perdón, que me llaman”, y comienza a hablar por el teléfono).

¿Cómo? ¿Usted es un juglar con celular?
Me resistía al celular, pero cedí porque así es más fácil que me ubiquen. A veces perdía funciones porque no me encontraban, ya que siempre ando viajando.

¿Vive del teatro?
Sí.

¿Entonces sí es posible ser teatrero profesional en este país?
Claro. Cuando uno tiene la suficiente valentía para crear un espacio con su trabajo, sin hacer concesiones al público, puede. La tradición oral es, en sí misma, muy divertida y llena de filosofía popular.

Para muestra están los refranes...
Que me encantan. Son redondos. Para decir que el país anda mal, mi tío abuelo, si viviera, diría: “Cuando el pobre va de culo, no hay barranco que lo ataje”. Y así. Además, están los amorfinos, que son para enamorar y desenamorar. Son muy picantitos. Hubo en Chone un personaje, Pedro Florentino Valdez, que hacía unos versos lindísimos. ¡Y no sabía ni leer ni escribir! Además, están Juana y Josefa Véliz Franco, que viven en San Bartolo. Es impresionante la cantidad de versos que dicen.

¿Por qué no se les da valor?
Porque aquí en las escuelas y colegios se enseña La Ilíada, La Odisea, El Mío Cid, pero no nuestras propias coplas ni nuestros cuentos.

¿Eso se mantiene como algo marginal?
Súper marginal, propio del mundo rural. Para los campesinos los cuentos, las décimas, las coplas, los amorfinos, son algo natural. Yo viví escuchando esos cuentos, donde incluso los animales de la zona engrosaban la mitología popular.

Y también estaban las creencias: si uno caminaba solo por la noche, no tenía que mirar atrás porque el diablo le podía estar siguiendo. Basta que alguien crea en el duende para que este exista.

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