Frente al bombardeo cruento de noticias. Corrupción. Picardías. Politiquerías. Robo. Impunidad. Parecería que todo es oscuro. Que somos negativos. Que el mundo es hostil y está lleno de tramposos.
El cantautor argentino Facundo Cabral aliviaba estos ardores afirmando que, contra toda apariencia, en el mundo predominan las buenas gentes, pero que son unas pocas las que hacen que parezca lo contrario, porque “más estruendo hace una sola bomba que explota, que un millón de caricias”. Al conocer al padre Marco Fidel López y su obra silenciosa he pensado lo mismo.
A la altura del km 6½ de la vía a la costa, en donde antes funcionaba el Hogar María José, existe un espacio de luz llamado Los Libertadores, una esperanza para nuestros niños y jóvenes que deambulan por las calles esclavos de un amo tirano e implacable. Los niños gomeros, los jóvenes pandilleros y los adultos jóvenes adictos a sustancias psicotrópicas tienen la posibilidad de transformar el caos de sus vidas mediante un modelo nuevo en nuestra urbe: la Comunidad Terapéutica. Es una modalidad que irrumpe en un medio en donde ha imperado la confusión y el desconcierto en el tratamiento de las drogas y que supera el criterio clínico o profesional. Es una propuesta de trabajo humanista, profundamente solidaria y liberadora en donde el propio paciente es protagonista de su recuperación. El sistema está basado en la pedagogía reeducativa que promueve la participación de todos los integrantes y permite que cada uno se sienta corresponsable del cambio de los demás y se beneficie, pedagógicamente, de la exigencia transmitida por los otros miembros del grupo. Los muchachos en su lenguaje mágico y barriobajero comunican sus experiencias y su aprendizaje en los valores de autocontrol, responsabilidad, honestidad, cooperación y proyección social. No hay patrones autoritarios, ni policiacos, no hay códigos ni reglamento escrito porque consideran que de reglamentos y códigos está empedrada la historia humana y que la persona está sobre cualquier letra escrita; pero todos los residentes al empezar a crecer como personas se autocontrolan, nutren y apoyan. Se parte de esta idea: “No es suprimiendo las drogas como se suprimen las razones que impulsan a los jóvenes a drogarse”.
En esta Comunidad los valores como la amistad, la comunicación y relación personal son herramientas terapéuticas, y el trabajo, hasta el más humilde, como limpiar maleza monte puede cobrar un sentido de trascendencia. Se enseña con el ejemplo, no son solo los jóvenes en recuperación quienes trabajan, también hincan sus espaldas la psicóloga, el abogado, los instructores y hasta el director. Los talleres de carpintería, electricidad y cocina son verdaderos laboratorios de alquimia en donde el dolor que causa la droga se transforma en respeto y dignidad.
Es hermoso ver el aire de comunidad, sosiego y trabajo que se respira en sus paredes. Escuchar al padre Marco Fidel López, un colombiano de cejas hirsutas y voz cálida, es creer que existen las buenas gentes. Saber que esta es una obra que se nutre con el aporte del INNFA, la Unión Europea y el Ministerio de Bienestar Social, que es liderada por la Congregación de Religiosos Terciarios capuchinos (OPAN).
Escuchar, a lo lejos, como un susurro, las voces de nuestros niños: “Estamos aquí porque no existe refugio alguno dónde escondernos de nosotros mismos”.
En la Comunidad Juvenil Los Libertadores cada residente es un libertador de sí mismo.