Domingo 23 de junio del 2002 La Jaula del Pájaro

Diálogo en la Cima del Cerro

Domingo Armijos Carrión habita en la cima del cerro Santa Ana, con una vista de ensueño y una brisa vivificante. Me refugio en su casa, pintada de un alegre color tomate, para alcanzar algo de sombra y reponer mis fuerzas con un refresco.

¿Usted es guayaquileño, Domingo?
No, soy de la provincia del Azuay, de un cantón que se llama San Felipe de Oña, que queda en el límite provincial con Loja. Está en el centro entre las dos provincias: a 106 kilómetros de Cuenca y a 106 kilómetros de Loja.

¿Por qué emigró de ese lugar?
Con el propósito de buscar mejores días.

¿A qué edad salió?
Mi padre murió cuando yo tenía 6 y mi madre no me tenía aprecio. A los 10 años decidí salir de mi casa.

¿Hasta qué edad estudió?
Hasta los 14 años. Cuando salí de mi casa fui a Puerto Bolívar, por la ilusión que tenía de conocer el mar. Aunque nunca fui marino, trabajé en la Unión de Marinos, donde aprendí a hacer nudos, a pintar los barcos.

¿Cuántos años vivió en Puerto Bolívar?
Aproximadamente 25 aunque no corridos. Parte de ellos estuve en el Perú.

¿Cómo así?
Porque me vinculé con unos comerciantes y yo les movilizaba desde allá máquinas sumadoras, máquinas de escribir, lingotes de oro que traía de Sullana, de Puerto Pizarro, de Chimbote. Llegaba ese cargamento a Huaquillas y allí lo entregaba a otro señor que era el encargado de pasarlo al Ecuador.

¿De contrabando?
Exactamente. Pero yo fui prolijo en revisar la mercadería que llegaba a mis manos para ver que no hubiera droga. Es que la cocaína, la base, la marihuana se conseguían como el pan en la panadería.

¿En qué año?
Por 1952 o 1953. En total en el Perú estuve ocho años, movilizándome de un lado a otro, llevando mercadería, ropa, sacos de lana, colchas, sobrecamas.

¿Después adónde fue?
Al Azuay, donde trabajé con unos voluntarios del Cuerpo de Paz. Acompañaba a dos ingenieros agrónomos que vinieron a incentivar a los pequeños agricultores el uso del abono químico, que ellos no empleaban. También trajeron semillas de un trigo norteamericano. Después puse un almacén de abastos en que vendía fungicidas y me hice cargo de un vivero en que sembramos eucaliptos, pinos, teca, cabuya.

¿Y en ese tránsito usted también fue sembrando amores, hijos?
Tuve tres en el lugar.

¿Es decir que usted ha hecho de todo?
Es que la persona que quiere salir adelante busca incentivos.

¿Del Azuay vino a Guayaquil?
Sí. Tuve un problema con mi conviviente. Llegué acá en 1969.

¿Qué edad tiene ahora?
Voy a cumplir 63 años, el 4 de agosto.

¿Qué hizo cuando llegó a Guayaquil?
Fui jefe de bodega en la Penitenciaría del Litoral, cuando ampliaron los pabellones. Luego fui proveedor de material para algunas compañías. Fui también bodeguero, ayudante de obras.

Cuando pisó Guayaquil ¿llegó directo al cerro?
No. Yo vivía en las calles 18ª y Brasil, donde tenía con mi señora un negocio de comida. Pero con la señora hicimos un pacto: conviviríamos un tiempo y después nos separaríamos. El pacto consistía en que el vástago que íbamos a procrear se iría conmigo. Y así ocurrió. Él tiene ahora 31 años. También tengo otra hija que vive en Madrid ya siete años; compró ahí su casita y obtuvo su residencia.
Igualmente, algunas de mis nietas se han ido.

¿Y usted no ha pensado irse?
No, aunque tengo un primo que vive en Estados Unidos y allá se graduó como administrador de empresas, en Los Ángeles.

¿Desde cuándo vive usted en el cerro?
Desde hace 26 años.

¿Cómo así vino?
Un amigo me recomendó que me comprara un triciclo para que fuera a trabajar a Puerto Nuevo vendiendo refrescos. Yo tenía dos hijos que vivían conmigo, un hombre y una mujer. En eso me hice amigo de un señor que tenía una plataforma y vivía en el cerro. Él me dijo que su mamá me podía arrendar aquí una casita. Así pasé al cerro. Luego de unos seis años compré esta casa donde vivo ahora.

¿Cómo era el ambiente en el cerro?
Había zonas peligrosas en la parte de atrás. Era feo, con alcantarillas destapadas y agua estancada.

¿Y ahora?
Hay un cambio total, aunque todo el arreglo se quedó en la pura fachada. Sin embargo, de a poquito hemos mejorado el interior de nuestras viviendas.

Bueno, usted ya ha abierto su restaurante ¿no?
Aquí los viernes y sábados vendemos arroz, menestra y chuleta; los domingos, fritada. Así hemos conseguido nuestra clientela. Creo, sin lugar a equivocarme, que la persona con quien usted está hablando ahora tiene carisma. Y los turistas que vienen acá y formulan una pregunta se encuentran con que yo tengo conocimientos sobre la materia.

¿Usted le puso el nombre al local?
No, lo puso el Municipio: La Galera.

¿Quién prepara la comida?
Mi nuera. Y quienes le han puesto el visto bueno a los platos que ella prepara son los clientes.

¿Vive de este negocio?
Sí. Mi nuera me apoya con una cantidad de 40 dólares al mes, para que yo tenga para los cigarrillos y las colas. Ahora ella ya adquirió una refrigeradora nueva.

Progresan. ¿Tiene buena salud?
En las 63 navidades que voy a cumplir, nunca he tenido que recurrir al médico. Sin embargo, dos veces me desperté en la clínica, pero fue a causa de dos accidentes de tránsito. Lo que creo es que aún no me ha llegado la hora.

Vistas las cosas a la distancia ¿se arrepiente de no haber estudiado?
Desde niño, mis mejores amigos fueron los libros. Y ahora, a pesar de mi edad, creo que aún hay cómo seguir aprendiendo. Yo he asistido por lo menos a unas 200 charlas en las universidades de Guayaquil, Quito o Cuenca. También he asistido a algunos seminarios, el último de los cuales fue sobre relaciones políticas. No me siento ni más ni menos que nadie.

¿Y es político?
No. Solo me interesa conocer sobre política, no ser un militante. Me gusta mucho leer historia, biografías como las de John F. Kennedy, Hitler, Fidel Castro o el Che Guevara.

El Che vivió en Las Peñas, ¿lo conoció?
No. Sé que vivió aquí. Yo tenía una radio chiquita que sintonizaba de manera nítida Radio Habana y todas las noches escuchaba al Che, a Fidel, a Raúl Castro. Pero los oía por curiosidad, no por ideología. Lo que sí me gustaban eran los ataques que hacían ellos a los Estados Unidos.

¿Y qué hay de amigos? ¿Tiene muchos aquí en el cerro?
No. Yo tengo cierto grado de psicología que me hace conocer a las personas sin tratarlas: las conozco con solo observarlas 20 segundos. Por eso tengo pocos amigos. Hago mi vida. Igual me pasó cuando hice el servicio militar: éramos en el cuartel 500 personas y yo solo tenía 3 amigos.

¿Su plan es ir remodelando su casa poco a poco?
Conforme vaya teniendo los medios, aunque por el momento no puedo hacer nada porque los trabajos que realizó el Municipio en mi vivienda resultaron deficientes: el techo está plagado de goteras.

¿Los turistas que llegan acá son mayoritariamente nacionales?
No, también hay norteamericanos, europeos, japoneses, chinos.

En una vida tan agitada como la suya ¿no ha tenido vicios?
Únicamente el de fumar. Yo me crié en Puerto Bolívar, donde la droga era pan del día, pero siempre traté de buscar el camino derecho, ser responsable en mi trabajo, cumplir las funciones que me encargaban, aunque nunca tuve una persona al lado que me aconsejara. Lo que he tenido es mucha fuerza de carácter para luchar y salir adelante. Y he sido siempre optimista, jamás me he dejado llevar por el pesimismo.

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