Viernes 14 de junio del 2002 La Jaula del Pájaro

Encuentro con un historiador apasionado

Haber recuperado fragmentos de historia de la ciudad es el mayor mérito de José Antonio Gómez. Haber creado un espacio digno para atesorar legajos, fotografías, secretos de Guayaquil que yacían desordenados, esparcidos, descuidados, es el orgullo de este hombre setentón, alto y atlético, que habla despacio, como midiendo sus palabras, pero con pasión. Y con una memoria de elefante.

Me cuenta que su madre murió cuando él tenía apenas 14 meses de edad. Que su padre, al que define como “un hombre fuera de serie”, nunca se volvió a casar;  era ingeniero civil y llevaba a José Antonio para que lo acompañara a vigilar los edificios, las carreteras. Ahí el niño fue conociendo a los maestros de obra, a los carpinteros, de algunos de los cuales se hizo amigo.

Además, aprendió a caminar por los andamios. Después, el dibujante que trabajaba con su padre le enseñó a trazar planos.

Entonces ¿usted estudió arquitectura? 
No tengo ningún título académico.

¿Y por qué, si tenía esa vocación, esa habilidad?
Era dejado, mal estudiante.

¿Hijo mimado?
No, no era un niño mimado. Era medio salvaje. Los profesores me aburrían. Lo único que no me aburría era la historia.

¿De dónde le viene esa inclinación hacia la historia?
Yo he sido un lector habitual de historia, pero sin ánimo de profundizar y buscar razones. Un simple lector.

¿Dónde empezaron esas lecturas?
En mi casa. Yo adopté como abuelo a un tío abuelo y lo iba a visitar todos los días. Era un hombre lleno de anécdotas sobre la familia y así fui conociendo a mi bisabuelo, el general José Antonio Gómez, declarado prócer de la Independencia cuando era un niño.

¿Cómo es eso? ¿Un prócer niño?
Es que en la Independencia participaron los niños. Esa es una tradición familiar que la conocemos nosotros, no es pública ni nadie ha escrito sobre ella.

¿Por qué?
Porque la historia de Guayaquil es muy silenciada. Primero fue escrita desde Colombia. Luego, por historiadores quiteños, con esa intención de disminuir. Y por último, por falta de historiadores guayaquileños. Bueno, ese tío me hablaba de la ciudad, de los personajes. Y asocié la vida de mi familia con la de la ciudad. De ahí salió mi afición.

¿Una afición que permaneció dormida?
Dormida hasta que cumplí 70 años.

¿A qué se dedicaba usted?
Trabajé mucho en el campo. Era constructor de caminos vecinales, pero también he sido agricultor, ganadero, bananero, camaronero. No me aburro en ninguna circunstancia, puedo pasar horas enteras mirando el mar desde mi casa en la playa.

¿El mar ejerce sobre usted una atracción especial?
Un encanto. Nunca me gustó la playa, sino el mar. Hice mi servicio militar en la Marina; estuve un año y medio en la Infantería de Marina. Y cuando estaba por licenciarme fui como voluntario a bordo de un barco, uno de esos cacharros viejos. Permanecí en Galápagos seis meses. Entonces, hice 18 meses de conscripción.

¿Y esto del Archivo Histórico?
Yo hice un proyecto al Banco Central para el Archivo Histórico.

¿Había antes uno?
Siempre fue un ente trashumante. Lo fundó Julio Estrada y hubo la disposición de que los documentos notariales pasaran a formar parte del Archivo. Eso me sirvió de base. Desde que, en 1996, me hice cargo del Archivo, sin cobrar honorarios, llegaron donaciones, fotografías, documentos. Ha sido un trabajo arduo. El Archivo es un centro de investigación y, además, nosotros mismo publicamos los libros.

¿Cuántos han publicado?
Treinta y cuatro, entre ellos Vigencia y permanencia de Olmedo, que tuvo un tiraje de 15.000 ejemplares. Muchos de esos libros se han editado con auspicio de instituciones.

¿Y usted cuántos ha escrito?
Dos de tres tomos; uno de dos tomos. En volúmenes, unos doce o trece.

¿Cuándo los fue escribiendo?
Siempre tuve la seguridad de que iba a escribir un libro, pero nunca tuve el tema. No soy imaginativo, no soy entretenido como para escribir un cuento. Hasta que una vez me acordé todo lo que mi tío abuelo me había contado y, en una reunión de familia, un sobrino me dijo: “Pero tío, antes de que se muera, escriba”.  Inmediatamente me puse a investigar y escribí un libro que se llama Gómez, una familia guayaquileña. Lo terminé y descubrí que me gustaba la investigación. Entonces seguí. Entré en una especie de vértigo.

¿Teniendo a Guayaquil como centro de su escritura?
Es que siempre encontraba discrepancias entre lo que me había contado mi tío y lo que se había escrito.

¿Nuestra historia está por escribirse?
Y tiene que ser escrita con sentido nacional.

¿Escribe con pasión?
¡Por supuesto! Yo he dicho cosas duras que creo que son la verdad.

Ahora, ¿qué está escribiendo?
Acabo de terminar esta historia de Guayaquil. Yo no escribo sino sobre Guayaquil, porque hay mucho que decir. Hay mucho que se ha silenciado y hay mucho que aclarar.

¿Y que interpretar?
¡Desde luego! Cada historiador tiene una inteligencia, una formación, una percepción distinta. Yo, como historiador, trato de no herir, pero como guayaquileño me siento profundamente herido.

Esas heridas ¿qué origen tienen?
Los silencios, la tergiversación de la presencia de los guayaquileños en la historia.

Guayaquil, siempre presente. ¿Dónde nació usted?
En Las Peñas.

¿Qué le significó eso?
Las Peñas es para mí una caja de sorpresas. Allí crecimos un grupo de jóvenes jugando pelota en las calles, bullangueros, mataperros, a trompadas, enamorando a las chicas del barrio. Las Peñas era un barrio abigarrado. Una calle muy estrecha en la que se oía hasta el roce del tafetán cuando las chicas caminaban. Uno entraba a Las Peñas y, por el olor, podía adivinar el menú diario de cada una de las casas. El barrio marcó un proceso de regionalismo y de patriotismo.

¿Cómo es eso?
El regionalismo es un sentimiento noble, que empieza a desarrollarse en la casa, en la vida de colegio, con los amigos, el equipo de fútbol. Y en la esquina, que es la capital del barrio. De ahí, eso se proyecta a la ciudad, a la región y a la patria. El regionalismo es algo constructivo. Yo soy regionalista, pero soy ecuatoriano. Reconozco que el Ecuador es un país lleno de diversidad, aunque esta no quiere ser reconocida.

¿Dónde estudió?
En el Cristóbal Colón. Pero no terminé la secundaria.

¿Por qué?
Me gustaba la vida libre. Yo era cazador, tenía un maravilloso equipo de camping. Fui un depredador de la fauna costeña. Me hacía de fondos para comprar mis avíos de pesca y de caza. Cazaba lagartos y los vendía. Cazaba jaguares y vendía su piel. A los 16 o 17 años comencé a comprar arroz en Daule y lo comercializaba. Y así... Mi vida es muy sencilla pero colorida. Me gusta la libertad, la independencia. Me gusta vestir bien, porque considero que es una forma de respetar al prójimo. En fin, tengo gustos buenos, pero sencillos.

¿Esos gustos también pasan por la comida?
Sopa de bolas, sopas a base de yuca, de papas, de plátano. El arroz con menestra, que comíamos todas las tardes, con un pedazo de carne asada y maduro. ¡Se me hace agua la boca!

¿Vuelve con frecuencia a Las Peñas?

No, me da mucha nostalgia. Todos nos conocíamos. Incluso éramos amigos de los ladrones, con quienes jugábamos pelota de trapo.

Con todo y eso ¿qué es la guayaquileñidad?
Algo que se siente aquí, en la boca del estómago. Lo mismo que es la quiteñidad. El quiteño es un amante de su ciudad. El amor a la región existe en todas partes del mundo. El regionalismo es bueno.

¿Siempre y cuando no se pierda el sentido de patria?
Exacto.

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