Domingo 09 de junio del 2002 La Jaula del Pájaro

Su canción sigue mientras su canto calla

Encuentro a María Eugenia Plaza en su departamento, al pie del río Guayas.

¿El agua la busca a usted o usted busca al agua?
Siempre he vivido al pie del agua. Primero, al pie del Salado. Luego, en el Malecón. Y en Salinas. Debo descender de algún pez.

Pero de un pez especial. ¿Constantemente está tan alegre?
Y eso que hoy estoy medio mustia. Me casé con mi primo hermano porque, entre mis características, está la de la necedad. Y ahora mi marido está enfermo. Estoy mustia por eso.

¿De dónde le nace su vocación de servicio a los demás?
Mi madre era una mujer muy sensible. Tocaba el piano, pintaba. Y ayudaba a la gente, de manera desordenada y espontánea. Yo crecí viendo a mamá llevar la comida a los pobres, atendiendo a la gente. Y veía la entrega cívica de mi papá, que fue edil, ministro, se hizo cargo de la construcción del actual Palacio Municipal y devolvió al Municipio trescientos y pico mil sucres que le sobraron de la construcción. También fue gobernador rotario. Yo estaba mezclada en eso, viendo.

Usted y ¿cuántos hermanos?
Siete. Ocho, conmigo. Yo soy la penúltima. Mi hermana mayor cosía a los pobres y yo le ayudaba a repartir lo que cosía. Yo tenía una inquietud interior que me impulsaba a ayudar a otros de una mejor manera, más organizada.

¿Dónde empezó su tarea?
En el leprocomio, hace 40 años.

¿Cuando la lepra era una enfermedad tabú?
Terrible. Todavía no nacía mi sexto y último hijo. En el leprocomio vivían los hombres y las mujeres juntos, en total promiscuidad. Me hice cargo del grupo de cooperadoras y logramos cambios radicales. Ahí trabajé quince años en los cuales fui conociendo la enfermedad y conociendo a los enfermos.

¿Y conociendo también la mejor manera de ayudarlos?
Sí. Quería saber más. De repente me invitaron a una beca a los Estados Unidos...

¿Cómo repartía su tiempo entre el voluntariado, su hogar, su esposo y sus seis hijos?
Con mucha dificultad. Pero como mi marido, Pepe, también siempre fue voluntario, comprendía. Bueno, a la beca no pude ir porque ¿cómo dejaba 45 días a mis hijos? Pero llegaron instructoras al Ecuador y luego formamos la primera Asociación de Coordinación del Voluntariado (Acorvol). Empezamos con once instituciones. Ahora son 78 y todas capacitadas, actualizadas.

¿Qué se necesita para ese voluntariado?
Disciplina. Hay un compromiso serio, responsable, irreversible. La gente ahora es más comprometida porque sabe más y sabe más porque las instituciones le enseñan, le capacitan.

–¿Ese voluntariado qué abarca?
Muchas áreas. Cada voluntariado tiene su propia misión y su independencia. Acorvol las agrupa y las asocia para que los esfuerzos no se dupliquen, y se preocupa de que todo ese voluntariado esté actualizado. Hace 22 años inicié el voluntariado hospitalario, que se encuentra en los cuatro hospitales de la Junta de Beneficencia, muy organizado, superprofesional. Esa es la característica del voluntariado moderno: va aspirando a profesionalizar sus servicios.

Entonces ¿usted siempre ha estado de aquí para allá, en el corre corre de ayudar a los otros?
Mi manera de ser inquieta y mi ansiosa manera de vivir para servir me ha impulsado, una vez que hago algo, a saltar a otra cosa. Después se me metió entre ceja y ceja hacer un voluntariado en el manicomio, donde había 800 enfermos. Pusimos una escuelita que lleva mi nombre, autorizada por el Ministerio de Educación. Instalamos hasta una peluquería. Es decir, dimos dignidad a esas personas.

¿Su vida ha sido el voluntariado?
Y mis hijos. Nada más. Y una que otra locura, pero puertas adentro.

¿Como cuál?
Toco el piano y me siento feliz.  Soy autodidacta en pintura. Es que los locos tenemos que hacer de todo.

Entre tanta enfermedad que ha visto, entre tanta tragedia que ha acompañado a vivir ¿aboga por la eutanasia?
No estoy de acuerdo en poner a alguien una inyección para que muera, pero sí en dejar morir a alguien sin martirizarlo con métodos artificiales. Hay que dejar que la naturaleza siga su curso.

¿Y piensa en su propia muerte?
Sí. Hay veces que me provoca regresar a mi casa, allá arriba. Aunque no le tengo miedo a la muerte, no me gusta el trámite por el que hay que pasar para morir. Bueno, yo estoy preparada porque soy buena cristiana.

¿Ese cristianismo le viene también de familia?
Sí, pero lo he enriquecido y lo he perfeccionado a través de mis años, de mis lecturas. Amo a Cristo.

¿A un Cristo que es, ante todo, servicio?
Que es amor, que es justicia. Que son unos principios por los que hay que jugarse, porque ser cristiano no es fácil. Hay que saber perdonar, saber aguantar, hay que buscar la perfección personal.

¿Y los ritos?
Yo no soy de muchos ritos. Siento a Cristo dentro de mi corazón. La cosa es vivir a Cristo, hacer lo que Cristo predicó en el Evangelio.

¿Y qué es el pecado?
Traicionar. Irse contra los principios que fundamentan el amor. Pecado es mentir. Pecado es asumir un cargo y no cumplirlo a cabalidad.

¿Pero entonces, vivimos en una sociedad muy pecadora?
Claro. Y muy individualista. El yo. El yo. Más valor se da al tener que al ser. Es la cultura del tener.

Ante eso ¿no le ha entrado una rebeldía que le impulsa a actuar políticamente?
No creo en la política. Creo más en la organización particular que no sea partidista.

¿Cuántos voluntarios hay en Guayaquil?
Bordeamos los cinco mil. Y en todo el país, unos diez mil. Guayaquil, como dice Jenny Estrada, es una cuna del voluntariado.

¿Ese voluntariado es netamente femenino?
¡No! Masculino. Al comienzo eran machistas. En la Junta de Beneficencia no dejaban actuar a las mujeres y por eso ellas hicieron la beneficencia de señoras. Ellas empezaron con la lotería y después se la pasaron a los señores.

¿Va a escribir su historia?
Hicimos un libro en que doce mujeres contamos nuestras vivencias. Ahí estamos abogadas, historiadoras, industriales. Y yo, pobrecita, como voluntaria.

Pero ya su historia está en el corazón de la gente a la que ha ayudado ¿no?
¡Qué maravilla! Lo importante es el cariño de la gente, el afecto. Esa es mi mayor remuneración. Hice del voluntariado una manera de vivir. Son 40 años de eso, aunque de repente Pepe se me pone celoso. Y yo dejo hasta el voluntariado por él. Ese es el amor. Vamos a cumplir 47 años de casados. Es un amor pegado a la piel.

¿Hay una receta para eso?
Harta paciencia. El amor hay que administrarlo bien. Hay que saber amar. Cuando el amor se vuelve egoísta, se acaba. El amor es generoso, todo lo da, todo lo perdona. El amor debe ser inteligente. Yo creo en el amor inteligente.

¿Y dónde queda la pasión? ¿Usted no tiene una buena dosis de pasión?
No sé. Dice Pepe que soy loca. Y yo le digo que no, que soy alocada, que es otra cosa. He ido conquistando un autocontrol a través de la lucha conmigo misma.

¿Qué quiso ser de joven?
Hubiera querido ser bailarina, pero mi papá me decía que no estaba para eso. No me lo permitió. Hubiera querido ser artista. Era medio bohemia. Me gustaba el canto, la guitarra, el piano. Grabé hasta un disco de boleros con Lucho Silva, Manito Bonilla. No creía en nadie. Mis hijos después trasladaron ese disco a CD, que es una obra como para el Museo Municipal.

¿Hasta ahora canta?
Mi voz la dejé en los cursos de voluntariado, donde grité mucho. Ahora quiero cantar y ya no puedo. Perdí mi voz.

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