Domingo 26 de mayo del 2002 La Jaula del Pájaro

Encuentro con un hombre de cristal

Cuando uno está frente a Carlos Armando Romero Rodas, está frente a una voz.  Una voz profunda que sale gruesa, desde adentro, desde lo más hondo. Una voz lenta, que emerge sin prisa, con la necesaria modulación que matiza cada frase. Una voz que sopesa cada palabra y la proyecta con la vocalización exacta, dando a cada sílaba el lugar que tiene, que merece.

Carlos Armando está cerca. Apenas a un metro de distancia. Pero yo lo oigo como si estuviera lejos y su voz –su   voz de siempre– me llegara a través de las ondas de la radio. Porque Carlos Armando Romero Rodas es, ante todo, una voz. Una voz inigualable. Irrepetible.

¿Cómo nació su afición por la radio?
Yo estudiaba contabilidad en un colegio mixto, en Guayaquil. En el recreo alternábamos hombres y mujeres; ellas se prendían a la radio y había un fanatismo de las muchachas por los locutores. Entonces, yo pensé que también podía ser locutor.

¿Cómo llegó a serlo?
Porque en Radio Ortiz, una emisora de propiedad del doctor Rigoberto Ortiz, se hizo una convocatoria a jóvenes con aptitudes para leer noticias del periódico. Entonces, fui. Éramos 30 los aspirantes y no teníamos a nadie que nos orientara. Todo era a la criolla, como saliera. Lo cierto es que gané el concurso con decisión, entusiasmo, iniciativa.

¿Y de buena voz?
Sí, siempre he tenido buena voz. Soy un hombre de 73 años y todavía se me oye.

¿Aún locuta?
Ya he dejado de participar en la radio. Lo hago solo en programas especiales.

Vamos a su infancia...
 Soy hijo de madre soltera. Mi padre tenía, como un ho-bby, hacer hijos al mayor número de mujeres. Llegó a tener 38, y yo fui uno de ellos.

¿Y su madre?
Solo me tuvo a mí con mi padre, aunque después ella se casó y tuvo otros hijos. Pero de Javier Romero solo me tuvo a mí. Prácticamente ella me formó. Me inscribió en una de las mejores escuelas de la ciudad, la Nueve de Octubre.

¿Entonces su madre era una mujer muy abnegada?
Era costurera. A base de la costura me educó. Después pasé al colegio Vicente Rocafuerte, cuando era un muchachón de 13 o 14 años. Pero yo notaba que las fuerzas de mi mamá no daban para seguir manteniéndome. Por eso me inscribí en el colegio Marco A. Reinoso, que era ese colegio mixto al que me referí, para seguir la carrera de contabilidad.

Y a todo esto ¿cómo era la relación con su padre?
Buena. Yo la cultivaba más por salvar el honor de mi madre, considerando que ese señor, don Javier Romero Romero, quiteño, tenía tantos compromisos, tantas mujeres, tantos hijos. Mamá era una de las tantas. Para mantener la honorabilidad de mi madre yo cultivaba amistad con mi padre.

¿Qué hacía él?
Era agricultor. Vivía en la zona de Milagro.

¿Usted se graduó de contador?
Sí, cuando tenía 17 años. Además de locutor, manejaba la contabilidad de Radio Ortiz. Comencé ganando cien sucres mensuales. Después fui mejorando mi voz, moldeándola, dándole los matices necesarios.

¿Es decir que su voz se iba abriendo paso?
Las otras radios comenzaron a tomarme en cuenta. Fui a trabajar en Radio Cenit una cuantas horitas, para ayudarme. Allí leía publicidad comercial, de 18h00 a 20h00. También se interesó por mí Radio América, que era una emisora popular, de gran sintonía.

Bueno y ya con esa voz al aire ¿las chicas que escuchaban caían cautivadas?
Algunas. Es que yo tenía esa afición...

¿...esa afición heredada de su padre?
Heredada de don Javier, sí. He tenido algunos hijos en diferentes mamás, aunque no digo cuántos.

¿Pero superó o no el récord de don Javier?
¡No! ¡Ni la cuarta parte!

A propósito de nacimientos, ¿cómo le nació la idea de poner Radio Cristal?
Fui administrador-arrendatario de Radio Ortiz, y ahí nació la idea de fundar mi propia radio. Pero no tenía las posibilidades económicas.

Entonces ¿qué hizo?
Me alié con un amigo que era obrero pero tenía dinero. Él me facilitó la plata. Compré un transmisor no profesional, de 200 vatios, por el que pagué cinco mil sucres. El equipo había que apagarlo luego de dos horas de trabajo, dejar que descansara una para refrescarse, y volver a encenderlo.

El nombre Cristal ¿de dónde surgió?
Lo puso mi segunda esposa. Teníamos tres nombres en perspectiva: Huancavilca, Guayaquil y Cristal. A ella le gustó Cristal. Y acertó, porque el cristal es una parte de un transmisor de radio, el cristal es el que fija la frecuencia y el cristal es lo transparente, lo noble, lo nítido.

¿La radio pegó inmediatamente?
Yo hacía lo que no hacían las otras radios. Entre otras cosas, concursos nocturnos para choferes. Les daba premios por hacer ciertas cosas, por traer ciertas cosas a la radio. El premio era cinco sucres.

¿Dónde funcionaba la radio?
El primer local quedaba en la avenida Machala, entre Luque y Aguirre. Allí ya teníamos un auditorio, en fin. La radio era pequeñita pero tenía ideas, programas, iniciativas.

¿Un sello de originalidad?
Sobre todo en la programación de música ecuatoriana. Esa fue desde el comienzo la característica de Radio Cristal. Y siempre con programas en vivo.

¿Cuándo construyó el edificio donde funciona hasta ahora?
Comenzó a construirse quince años después de la fecha de inauguración.

¿Y ya tenía el auditorio Julio Jaramillo?
El auditorio se llamó así desde que Julio se veló aquí. Salió de la clínica Domínguez, donde murió, y la gente lo trajo acá. Por eso le puse su nombre al auditorio y mandé a hacer un retrato de Julio al óleo para colocarlo en el escenario.

¿Fueron íntimos amigos?
Como hermanos. Chupábamos, farreábamos, mujereábamos, todo.

¿Cómo nació esa amistad?
Desde Radio Ortiz, donde él hizo su primer éxito la canción Fatalidad. Ahí nos hicimos amigos y un buen día me hizo padrino de una hija, de las tantas que tuvo.

¿Cuántas?
Treinta y ocho. Empató con mi papá.

Si fue padrino de bautizo de hija de JJ ¿quiere eso decir que usted va a la iglesia y es creyente?
Yo fui bautizado, hice la primera comunión y la segunda vez que me casé lo hice por la iglesia.

¿Es practicante?
Sí, aunque sin fanatismo. Soy hincha del Corazón de Jesús.

¿Y de qué equipo de fútbol?
De uno que está casi extinguido: el Círculo Deportivo Everest.

¿Ahí no comenzó Alberto Spencer?
¡A mucha honra! Pero como hay que tener de todo dos, mi otro equipo es El Nacional.

Regresemos a la radio. ¿Cuánto ha crecido Cristal?
De los 200 vatios iniciales, ahora tiene 20.000. Y llega a todo el Ecuador. Tiene sucursales en Quito y en Ventanas, pero mi ambición es tener una sucursal también en Cuenca.

¿Por qué?
Porque quiero que Cristal esté en cada una de las tres ciudades principales del país. Ya tengo hasta el eslogan: “El triángulo de oro de la radiodifusión ecuatoriana”.

¿Usted le debe todo a la radio?
Sí. La primera casita que construí en el Suburbio, con  la primera ganancia, se transformó en un chalecito para mi mamá. Cuando las cosas mejoraron, le construí a ella una casa en Los Ceibos, con todas las comodidades.

¿Ha hecho fortuna?
Vivo con regular comodidad, y hago todo por partida doble. Tengo dos autos. Me casé dos veces. Después me comprometí con una señora de Daule, con la cual llevo más de 30 años, aunque no me casé. Ella me ayudó a trabajar. Cuando yo muera, los hijos que mejor se han portado van a dirigir Radio Cristal.

¿Cómo quisiera que se lo recuerde?
Como un hombre de trabajo y un buen amigo.

¿Tiene ahora una vida tranquila?
No puedo descansar porque, desgraciada o felizmente, la radio soy yo. Todo se mueve bajo mi control. Un médico holandés me aconsejó que, para no morir joven, debía hacer una sola jornada de trabajo y descansar por las tardes. Por eso llego a la radio a las 05h00 o 05h30 y estoy hasta las 11h00 o 12h00. Por las tardes leo los periódicos, hasta los avisos clasificados. Voy una vez por semana al cine, los martes.

Y cuando está en su casa descansado, ¿oye otras emisoras?
¡No!  ¡Solo oigo Radio Cristal!

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