Cuando conocí a Emilio Izquierdo no era diplomático, como es ahora. Era un estudiante de Derecho, inquieto, que toreaba y, además, se revelaba como un excelente actor de teatro.
¿Su primera pasión fue la tauromaquia?
Creo que sí. En la infancia tuve un amigo, de padre latacungueño y madre venezolana. Vivía en Venezuela, pero pasaba sus vacaciones en Latacunga, adonde llegaba con cosas siempre interesantes. Él me enseñó cómo eran las corridas de toros y cómo se toreaba. También hicimos un circo, con sus hermanas y las mías. Dábamos funciones por todo el barrio de La Merced y cobrábamos entrada. Todos hacíamos de todo. Yo era equilibrista, trapecista y payaso. Después, su hermano mayor nos contrataba para que alquiláramos sus cómics y al final del día nos exigía que le entregáramos lo recaudado, sin pagarnos nada. Nos explotaba.
¿Con todo eso puede decir que su infancia en Latacunga fue feliz?
Maravillosa. Es que también nos disfrazábamos y deambulábamos así por la ciudad.
¿Cuándo fue la primera vez que usted se enfrentó a un toro de verdad?
Un tío abuelo tenía una hacienda en los páramos del Cotopaxi. Para festejar el cumpleaños de mi bisabuela dio allí una gran fiesta, que duró cuatro días. Todos mis tíos sabían torear. Sacaron un becerro para mí, al que le di algunos capotazos, muerto de miedo. La experiencia me gustó y mi afición se fue incrementando.
¿Tuvo la idea de hacerse torero?
En 5º curso de colegio la única obsesión que tenía eran los toros. Le dije a mi papá que quería ir a estudiar a España y él ofreció mandarme, pero luego se dio cuenta que lo que yo buscaba era hacerme torero y me negó el viaje. Claro que en la Universidad Católica seguí, con un grupo de amigos, organizando festivales, donde toreé formalmente, con todos los ritos.
¿Cuál fue su primer traje de torear?
El banderillero Nieto, que era también sastre, convirtió un terno café de mi papá en un traje corto que todavía lo conservo.
¿Dónde hizo la primaria?
En Latacunga, con los Hermanos Cristianos. Para la secundaria fui al colegio San Gabriel, en Quito, interno. Eso me dio la oportunidad de conocer a muchachos de todo el país que estaban en circunstancias iguales a la mías. Allí hice muchos amigos, fundamentalmente guayaquileños.
¿Por qué optó por el Derecho?
Siempre me gustaron las ciencias sociales, las letras. Pensé que el Derecho era la única opción que tenía.
¿Cómo entró a la diplomacia?
Me enteré que había un concurso en la Cancillería e intuí que la diplomacia podía ser algo interesante. Me presenté y gané el concurso.
¿Con un paréntesis para el teatro?
La del teatro fue una etapa lindísima. Aprendí a sensibilizarme hacia el arte, hacia la creación.
¿En ese tiempo también escribía?
Sí, y no he dejado de hacerlo. En la juventud uno es bastante irresponsable y cree que todo lo que escribe merece ser publicado; entonces, me atreví a publicar algunas cosas. Pero luego me detuve y no he vuelto a publicar nada. He dejado mi creación poética y literaria como un ejercicio íntimo.
Pero un ejercicio que le ha llevado a la novela, ¿no?
Empecé a escribirla hace nueve años. Lo que creo es que no poseo mucho talento novelístico para concretar las ideas. Aunque tengo algunos capítulos y varios borradores, todavía no hay nada concluido.
¿Y de qué manera se le cruzó la música en su vida?
Es parte de mi concepción sobre la vida, sobre la cultura. Probablemente en la música encontré mucho de lo que intentaba descubrir en la naturaleza humana. La música es la más abstracta de las artes, las partituras son unos símbolos que, si no son interpretados, no existen. Todo eso me fascina. Una obra musical puede estar en cualquier rincón del mundo y cobra vida cuando alguien la interpreta. La música no define nada, va a lo íntimo, a la sensibilidad del ser humano. Además, a través de la música he podido comprender mejor las etapas de la historia, porque cada época tiene su referente musical.
¿En sus misiones diplomáticas por el mundo siempre ha buscado la música?
Creo que sí. Empecé a oír a músicos de los que solo tenía referencias lejanas y a estudiar a otros, como una fuente de aproximación a la cultura. Leí mucho sobre música y escuché infinidad de conciertos. Cuando estuve en España...
Total, ¿terminó yéndose a España?
Sí, pero en lugar de ser torero fui presidente de una peña taurina. Hice unos estudios libres en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Realicé también un curso de derecho internacional público y privado y me involucré en ciclos de estudios sobre Iberoamérica.
Paralelamente, concurrí a círculos de escritores y escuché mucha música, zarzuela incluida.
¿Lo cual le llevó a que, con los años, tuviera su propio programa radial de música clásica?
Bueno, después en Londres estudié música con mucha intensidad. Cuando regresé al Ecuador decidí hacer un programa en una radio, con los discos selectos que había comprado, porque consideré que era una actitud egoísta tener esos discos solo para mí, en mi casa. Quise compartir no solo mis conocimientos sobre música, sino también los discos. La música es para mí una pasión.
¿Ha tenido la misma pasión por la diplomacia?
Más que pasión, se ha ido desarrollando en mí una vocación. Concibo a la diplomacia como un servicio al país. No tiene otra connotación. Y eso no es muy fácil de llevar, porque el país no está lleno de ecuatorianos que tienen una sola agenda nacional, sino una infinidad de agendas personales. Eso se manifiesta en todas las áreas de la vida, incluso las del servicio exterior. Pero yo estoy trabajando desde hace muchos años en convencer a la gente que la diplomacia es un servicio al país.
¿Lo cual quiere decir que se está creando una nueva diplomacia?
No creo. Al final, los jóvenes van adquiriendo las mañas de los viejos y también sus virtudes. Todo. Desde que estoy como director de la Academia Diplomática quiero que esas ideas de afán de servicio se concreten en la formación de los nuevos diplomáticos.
Para lograr eso, ¿qué se estudia en la Academia?
El primer día de clase les dije a los chicos que en la Academia, con todos nuestros esfuerzos y nuestros recursos, íbamos a estudiar al Ecuador, porque nuestro objetivo es el país. Que la diplomacia es representar al país y que, si no lo conocemos, mal podemos representarlo. De ese conocimiento nace la motivación para trabajar por el Ecuador.
Bueno, ¿pero la diplomacia no es también una vida muelle, suave, plácida?
Los cocteles y las formalidades son herramientas de trabajo, por lo menos así lo he tomado yo. En Nueva York, cuando estuve en las Naciones Unidas, trabajaba 12 o 14 horas en las sesiones y en la noche iba a las recepciones porque ahí podía seguir conversando con los otros diplomáticos, continuar buscando puntos de consenso, negociando. Eso era parte de mi trabajo. Además, en los actos sociales uno hace amigos que, más que de uno, pasan a ser del país.
Habiendo tenido puestos relevantes, ¿por qué no ha hecho conocer los logros obtenidos?
Porque no me interesan como algo personal. Cuando fui en Naciones Unidas presidente de un foro mundial que aprobó un texto importante sobre desarme nuclear, me interesó que el Ecuador –y no yo– estuviera registrado en la historia como el Estado que colaboró para la concreción de ese desarme.
¿Cómo hacer para que la diplomacia estudie la realidad del Ecuador?
Por tres rutas. Primera, conocerlo en todas sus realidades, sociales, políticas, étnicas, históricas. Luego, la parte económica, que necesariamente tiene que estar orientada hacia el desarrollo humano. Tercera, la cultura que es, ante todo, la necesidad de conocer al otro, comprenderlo, tener un nivel adecuado de tolerancia. Tenemos que aprender a conocernos mejor y tolerarnos mejor.
Usted, personalmente, ¿es tolerante o intransigente?
Lo que me molesta es que se violen las normas, que se quieran hacer las cosas de manera arbitraria. Cuando se rompen las reglas de juego previamente aceptadas, me molesto.
Después de embajador, ¿qué le toca? ¿Ser ministro?
¡No! Nunca he querido ser ministro. En la Cancillería he sido todo, he ocupado todas las categorías del servicio exterior. Ahora lo que me toca es esperar el destino que crean que debo asumir en el momento adecuado.
¿Qué hará cuando le llegue la hora del retiro?
Escribir. Simplemente escribir.
¿Cómo torea al toro de la muerte?
Es algo en lo que pienso permanentemente y trato de salirle al quite.
¿Tiene miedo?
Miedos. En plural, porque son muchos.
¿Y qué música le acompaña en esos miedos?
Cada vez me gusta más la música de cámara, que es más intimista. Y cada vez me gusta también más la música de Bach. A veces pienso que este mundo no se merece cierta música de Bach, que es demasiado elevada y que, repito, este mundo no la merece. De tan hermosa, contrasta con lo que uno ve todos los días y con los miedos que le surgen a uno por eso.