Nelson Maldonado es un pianista prodigioso. Sus discos han sido mi compañía en las buenas... y en las otras. Pero ahora lo encuentro en su consultorio, con su mandil de médico.
-¿Qué fue primero para usted, la medicina o la música?
La música. Mi padre es un muy buen acordeonista. Además, canta precioso.
-¿Y su madre?
-Es descendiente de los Salas. Ella tiene una vena pictórica que ha heredado mi hija.
-Entonces ¿usted nació con buen oído?
-Desde los dos o tres años escuché a mi padre silbar, cantar. Pero el ritmo no se aprende: nace con uno.
-¿Cuál fue el primer instrumento que tocó?
-El piano. Mi abuelo tenía uno y, a los siete años, comencé a jugar con él, hasta que escuché la típica frase, de boca de algún familiar: “¡No monees el piano!”. Pero mi abuelo salió en mi defensa. A los nueve años ya podía tocar algunas canciones, con una facilidad asombrosa. Hasta que un día apareció un piano en mi casa, que mi abuelo lo había comprado para mí.
-¿Siguió clases?
-A los 12 años entré al Conservatorio. Pero el profesor me cerró la tapa del piano en los dedos, porque decía que tenía que empezar de cero. No regresé nunca más. Ahí se acabó la parte académica. Desgraciadamente no aprendí a leer nota, lo cual me limita en la interpretación de la música clásica. En cambio toda la música popular, por complicada que parezca, la saco de oído.
-¿Tiene una memoria prodigiosa?
-Ni yo mismo entiendo cómo funciono. Sé los sonidos y los combino. Oigo una canción y, cuando ya la tengo en la cabeza, me siento y la toco sin equivocarme. Mi repertorio se compone de dos o tres mil canciones. La música nació conmigo.
-¿Y la medicina?
-Con el primer dinero que me regalaron compré una jeringuilla, con la cual ponía inyecciones a los limones y a las naranjas. Fue una vocación. Mi carrera fue un poquito larga, eso sí.
-¿Por qué?
-Yo debí haberme graduado de médico a los 23 años, pero pensé que nadie iba a correr el riesgo de que le atendiera un médico de esa edad. Entonces, me retiraba un año y al siguiente volvía.
-¿Con esos dedos de pianista, el bisturí le guiñaba el ojo?
-Fui cirujano de niños. Es más: de recién nacidos. Hice un curso de posgrado en el Brasil. Como nunca me gustó la práctica privada, ejercí en el hospital Baca Ortiz donde, prácticamente, pasé a vivir.
- ¿Combinó la medicina con la música?
-Sí. Durante toda mi carrera estudiantil tocaba por las noches en los bares. Luego, un buen día vi en el periódico un anuncio en que se requería un “pianista profesional“ para el hotel Chalet Suisse. Me presenté y, tras tocar la primera pieza, me contrataron. De ahí en adelante todas las noches estuve en el Chalet Suisse durante 17 años, ininterrumpidamente.
-¿Y ahí se ganaba para las alverjas?
-Pude comprarme una camionetita, y era de los pocos alumnos que iban a la universidad en auto propio. Sin embargo, no tenía un solo día de vacaciones y trabajaba hasta en Navidad.
-¿Esa vida nocturna no le complicaba los estudios?
-Sobre todo los de anatomía. Durante mis presentaciones, tocaba durante 50 minutos y descansaba diez. En esos diez iba corriendo, cogía los libros y estudiaba los huesos, los músculos, las articulaciones. Y era un muy buen alumno.
-¿Cuando fue al Brasil también hizo música?
-No. Me dediqué a la medicina. Aunque ahí encontré que en el Ecuador estaba más avanzada la cirugía pediátrica y entonces, luego de un año, regresé frustrado.
-¿Pero siguió con la cirugía?
-Como antes había hecho un posgrado de medicina interna en Venezuela, dejé de operar y me dediqué a la terapia de relajamiento tensional.
-¿Eso es lo que hace hasta ahora?
-Sí.
-¿Cómo es?
-Aplicación de acupuntura, que aprendí en el Ecuador con un médico chino. Luego fui a Suiza a hacer un curso de seroterapia, que es una especie de homeopatía, pero con células vivas de fetos de caballo. Algo muy avanzado. Aprendí la técnica y puse aquí mi propio consultorio.
-¿Ahí lo importante para el paciente es la calma?
-Luces muy bajitas. Musicoterapia, nada de estridencia. Lo fundamental es que la música tenga un determinado número de compases, porque el corazón tiende a seguir el compás de la música. En una hora al paciente se le regula el pulso y la presión arterial. Se relaja. Luego incorporamos otros elementos como la aromaterapia y la gemoterapia (con las propiedades de ciertas piedras como el cuarzo y la amatista). Siempre me gustó la medicina alternativa y por eso conozco bastante también de yerbas.
-¿Que aprendió con quién?
-Cuando hice la medicina rural. Cerca de Salcedo había un brujo sensacional. Aprendí de él. Claro que, cuando es necesario, uso la medicina alopática.
-A todo esto ¿dónde entran sus discos?
-Grabé mi primer disco, por mi cuenta. Cuando lo sacamos al mercado, en los almacenes de música me decían que les dejara uno. O dos. En un año se vendieron 500. Después la cosa cambió, la gente comenzó a conocer mi música y ahora voy a grabar el disco número quince.
-¿Todos bajo el genérico de Matices?
- Alguien dijo que mi piano sonaba bien y que le gustaba cómo matizaba la música. Entonces, todos mis discos son de la serie Matices. Mi primer concierto se llamó Matices en vivo. Eso fue hace diez años, cuando nació mi último hijo, Lucas. Por eso creamos “Lucas Producciones”, que es el nombre de mi propio sello discográfico.
-¿Y los conciertos?
-Voy por la novena presentación en el Teatro Nacional; un número igual he hecho en el auditorio Las Cámaras.
-¿Su estatura no es un obstáculo a la hora de tocar el piano?
-Claro que sí. Mido 1,97 y tuve que hacerme un banquito para mí. Pero todo es cuestión de acomodarse.
-¿Qué tal es usted como paciente?
-Afortunadamente he tenido buena salud, por lo cual no he necesitado un médico.
-De necesitarlo, ¿acudiría a su propia consulta?
-Sí, me atendería yo mismo.
-¿Sus hijos han heredado su ritmo?
-Como yo, nacieron con ritmo. Mi segundo hijo, Juan Lorenzo, que estudia economía, toca precioso el piano. El mayor sigue la carrera de medicina, pese a mi oposición.
-¿Por qué?
-Un residente, que trabaja 20 horas seguidas, gana menos que una empleada doméstica. Creo que la carrera de medicina está saturada en el país, igual que las de leyes o ingeniería. Hay otras opciones.
-¿Qué beneficios ha obtenido con sus 14 discos?
-He hecho unos 140.000 amigos. Eso es lo que más aprecio. La música me ha abierto muchos campos.
-¿Inclusive el de la bohemia?
-Creo que soy el menos bohemio de los músicos. Yo he sido siempre muy formal. No he probado ninguna droga y el licor nunca me gustó. En cambio, soy muy amiguero y me encanta conversar. Y leer.
-¿Y la radio?
-Hace un año se me ocurrió tener un programa, que se transmite a mediodía. Es un programa abierto al público, donde se habla de todo, aunque prefiero temas relacionados con la naturaleza.
-¿Es el amor por la naturaleza el que le llevó a vivir fuera de la ciudad?
-En Cumbayá, junto a los árboles, los quindes, las arañas. Alejado del ruido, la violencia, el esmog.
-¿De la interpretación no pasará a la composición?
-Tengo un par de canciones mías, una de las cuales, un pasillo, la cantan Los Reales. Pero soy muy exigente conmigo mismo, porque no me gusta la mediocridad.
-¿Cómo quisiera que se le recuerde?
-Como un hombre curioso. Así debería decir mi epitafio: “Aquí yace un hombre curioso”. Así como soy médico y músico, soy buen fotógrafo. Juego muy bien billar a tres bandas, voleibol, fútbol y tenis. Pero, ante todo, siempre quiero meterme en algo nuevo y no encasillarme en un membrete.
-¿Y en el amor también es así de curioso?
-Tengo mis prioridades muy firmes: la primera es mi hogar. Mi esposa, mis hijos.
-Cómo conoció a su esposa?
-Me la presentó mi hermana, en la tercera misa que ofrecía para que me casara, porque ya tenía 31 años. Siempre he tenido muy buen gusto. Y dije: si Agustín Lara se levantó a María Félix, ¿por qué yo no voy a poder levantarme a Susana? Tenemos 24 años de un lindo matrimonio.
-Además tiene el Piano-Bar ¿no?
- Ahí trabajo todas las noches. Es un sitio para cincuentones como yo.
-¿Ha deseado ser rico?
-Nunca. Siempre he vivido endeudado. Jamás he podido cuadrar el presupuesto del mes. No me ha interesado el dinero.
-A pesar de eso ¿ha podido vivir del arte? ¿Es eso posible en el Ecuador?
- ¡Claro! Lo que pasa es que aquí nos pasamos quejando. El deporte nacional es la queja: que el Gobierno no me ayuda, que la empresa privada no me ayuda. ¡Hay que abrirse paso! ¿Que este es un país sufrido? ¿Sufrido de qué? Uno puede llegar donde quiere si trabaja. Hay que cambiar de actitud y mejorar la autoestima. Si yo, a los 50 años, creé una empresa para mis discos ¿por qué otros no pueden? Hay que lanzarse. Yo no admito ni la mediocridad ni la vagancia.
-¿Cuál es su jornada de trabajo?
- De 18 a 20 horas diarias. Me acuesto de madrugada, después de tocar en el Piano-Bar, y a las siete de la mañana ya estoy buscando qué más hacer. No me interesa tener, sino hacer. ¿Por qué en España los ecuatorianos nos deslomamos trabajando y aquí no? Yo aquí trabajo como si estuviera en España.