Domingo 12 de mayo del 2002 ¿Se acuerda de...?

El organista que ahora media en conflictos

Quito

Eduardo Zurita

El candil iluminó las noches del Quito de los años sesenta. Sí: era una discoteca. Pero era más: era la revelación del sonido del órgano, un instrumento que, casi olvidado, yacía dentro de las iglesias y que, en las manos de Eduardo Zurita, dejaba salir un sonido inédito. Prodigioso. Embrujador.

Para entonces, Zurita había grabado ya el primer disco (de los 21 de larga duración que llegó a grabar), y del que se vendieron cien mil copias.

La música de Zurita, tan distinta, tan única, acompañó el despertar de una época descocada, cargada de ideales, de anhelos imposibles, de cambios insólitos.

Mientras tanto, él comenzaba a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Quito, y se mostraba también como un joven de derecha que, en algún momento, hasta pensó meterse a cura.

Pero como si el disco de la vida se le hubiera dado la vuelta, después se afilió al Partido Comunista y militó en el Frente Amplio de Izquierda (FADI), llevado de la mano de sus inquietudes sociales y de su deseo de ayudar a los otros.

Fue a Italia a estudiar Derecho Laboral y pasó a Holanda para aprender televisión educativa. Regresó, fue candidato a varias dignidades, pero nunca ganó una elección. En cambio, la gente seguía ganando con su música. Y los artistas seguían ganando con su actitud fraterna, que lo llevó a fundar la Federación de Artistas del Ecuador.

El pelo, a los 35 años, comenzó a volvérsele cano. Y la política comenzó a ocupar casi todo su tiempo. La política, y su afán de servicio a los demás.

Ahora, cuando acaba de cumplir 58 años, lo encuentro en su despacho de director nacional de mediación de la Defensoría del Pueblo, en una actividad que lo mantiene en contacto con los más necesitados, por quienes sigue desvelándose, alumbrado por el candil de su sensibilidad social, que lo llevó a escribir un libro. Y también a hacer poesía.

Continúa, como siempre, desapegado de los bienes materiales.

Continúa, como siempre, bregando por las causas en las que cree.

Continúa, apasionado, desesperadamente, aprendiendo a vivir.

Llega por la noche a su casa, se sienta frente al órgano y, en solitario, acompaña sus reverdecidos ideales con los sonidos mágicos que salen de las teclas, mientras el mismo candil de antes, el de siempre, le ilumina. (FFC)
¿Se acuerda de...?

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