Esporádicamente lo he visto en televisión. Religiosamente leo sus artículos periodísticos. Una vez saludé con él a la distancia. Pero nunca había hablado con Bernard Fougeres. Hasta ahora.
Usted dice que no se siente extranjero en el Ecuador. ¿Por qué?
Quizás porque Guayaquil es mi ciudad natal preferida.
¿Cómo? ¿Nació aquí?
A veces tengo la sensación que sí. Yo llegué al Ecuador con todos los defectos de los franceses, que son muchos. Y me encantó añadir a estos defectos los de los ecuatorianos.
¿Cuáles son esos defectos?
Impuntual, indisciplinado, rebelde, reclamón, jodido.
¿Y las virtudes?
Los ecuatorianos son de una generosidad que me asombra. El pueblo se juega por ciertas causas, da todo lo que tiene.
¿Cómo llegó acá?
Como director de la Alianza Francesa de Guayaquil. Luego recibí el nombramiento de agregado económico de la embajada de Francia, un cargo más bien honorífico que me duró dos días, porque me casé con una guayaquileña. Pero ese nombramiento de dos días me permitió traer un auto libre de impuestos.
¿Su infancia transcurrió en Francia?
En Bretaña. Mi infancia coincide, hasta los 11 años, con la Segunda Guerra Mundial. Es decir, está rodeada de tanques alemanes, bombas, muertos.
Terminada la guerra, ¿qué pasó?
Hice mis estudios en cinco colegios religiosos y me botaron religiosamente de los cinco por leer a Rimbaud, Gide, Sartre, todos autores prohibidos por la Iglesia. Me botaron por leer cosas prohibidas y por ser indisciplinado, inquieto.
¿De dónde le nació esa afición por la lectura?
No lo sé. De mis padres, no. Quizás se deba al hecho de que no veo nunca televisión, ni siquiera mis programas. No me soporto en la pantalla. Siempre he preferido un buen libro, que no tiene cortes comerciales.
¿Tanta lectura le ha hecho un buen crítico literario?
No soy buen crítico de nada. Soy muy indulgente y perdono todo.
¿Es decir que tiene buen corazón?
Demasiado. A veces el corazón nubla mi juicio crítico. Entre una persona inteligente pero sin bondad, prefiero un atrasado mental bueno. Tengo un cariño muy especial por los niños con síndrome de Down, que suelen ser extremadamente cariñosos y a veces bastante inteligentes.
¿Su infancia y juventud transcurrieron en el campo?
En un pueblito de 3.500 habitantes. De ahí me viene el gran amor hacia la naturaleza. Me siento extraviado en la gran ciudad. Mi sueño sería vivir criando animales, sembrando.
¿Y su gusto por la cocina?
Viene de una necesidad de supervivencia. Mis padres tenían una ferretería y si yo no cocinaba, no comía. Empecé haciendo huevos fritos con puré de papas. Y fui variando el menú.
¿A puré de papas con huevos fritos?
Más bien a la comida gourmet...
¿Por pura vocación?
Es que yo no hago nada bien. Hago un montón de cosas más o menos. Toco el piano, pero no soy pianista; salté once veces en paracaídas, pero no soy paracaidista; di un concierto en el cráter del Cotopaxi, montaña a la que trepé tres veces, pero no soy ascencionista; gané dos concursos de poesía, pero no soy poeta.
¿Eso demuestra que está dispuesto a todo?
Es bonito hacer de todo. Nadie me exige hacer algo perfectamente.
¿Cómo fue su secundaria?
Perdí la fe religiosa. Yo fui criado en un catolicismo que me obligaba a ir a misa todos los días.
¿Por qué perdió la fe?
Porque mis tres directores espirituales eran pedófilos. Hubo tentativas de su parte. Eso me marcó. Creó en mí una gran desconfianza hacia todo lo que lleva uniforme. El uniforme es el disfraz más espantoso que pueden haber inventado los hombres. Por eso mi máxima fantasía es encontrarme en una
reunión de alto copete e imaginar que todo el mundo está desnudo. Ahí sabré quién es quién.
Después de perder la fe, ¿le importa Dios?
El Principito no existe, es un invento de Antoine de Saint Exupery; Mafalda no existe, es un invento de Quino. Pero yo creo en El Principito y en Mafalda. Montesquieu escribió en las Cartas Persas algo que sintetiza mi filosofía al respecto: “Aun si Dios no existiera, deberíamos tratar de parecernos a ese ser del que tenemos tan alta idea”. A veces hablo con el Dios posible. Puedo rezar al Dios posible. Cuando estuve con problemas de salud, le decía: en caso de que existas, estoy metido en problemas; si no existes, olvídalo.
¿Qué idea tiene sobre la muerte?
Me fascina. La veo con mucha curiosidad. Es el único pasaporte para la verdad. Es la única forma de saber si hay algo del otro lado.
¿Cuál es la relación que tiene con ella?
Cuando amo a alguien, imagino a esa persona muerta, para amarla más. Y cuando siento que podría odiar a una persona, la imagino muerta y así dejo de odiarla.
¿Y ha buscado su propia muerte?
El coqueteo con la muerte es cotidiano. Creo que todo hombre sensible, algún momento de su vida, sueña con desaparecer. Hablamos de la muerte todos los días y el subconsciente es muy fuerte: me muero de amor, me muero de vergüenza...
¿Qué estudió en la universidad?
Psicología y Letras. Me gradué en Letras y Gramática. Fui profesor de cultura general en Francia y enseñé hasta que cumplí 31 años. Luego, en Guayaquil abrí el centro Albert Camus donde podía -como anota con humor Sonia Manzano- fabricar personas cultas en cuestión de pocos meses. Mas, como dice un humorista francés, la cultura es lo que nos queda cuando hemos olvidado todo.
¿Cuándo descubrió la televisión?
En Marruecos, donde estuve cinco años. Ahí lancé un programa en francés que alcanzó gran éxito. Es la época en que entrevisté a personajes como Brigitte Bardot. Cuando llegué al Ecuador para casarme y me preguntaron qué sabes hacer, me di cuenta que no sabía hacer gran cosa. Entonces hice televisión y comencé con El Show de Bernard, que duró 30 años. Como a mí no me gusta la televisión, la mejor forma de no verla era trabajar en ella.
Se casó aquí. ¿Cómo descubrió el amor?
Como dice Ileana Espinel en un lindo poema, “porque ella tiene todo lo que no tengo; porque yo tengo lo que ella no tiene”. Entre otras cosas, congeniamos porque los dos tenemos un bárbaro sentido del humor.
¿Un humor que le ha salvado?
Me salva siempre. El humor es el forro de la seriedad. El humor para mí es la única forma de hablar en serio.
Habiendo hecho tantas cosas, ¿qué es usted?
¿Cómo definirme? ¿Quién es uno? ¿Un yuppie reformado? ¿Un prostituto frustrado? ¿Un ateo enamorado de Dios? ¿Un pesimista alegre? ¿Un anarquista moderado? El sueño del ser humano es llegar a ser. Por eso uno comparte todos los seres humanos, aunque ese es un privilegio que solo puede tener Dios. Yo trato de encontrar una razón a todo lo que hace cada ser humano. Trato de ponerme en la piel de todos.
¿El periodismo le ha permitido conocer a muchos de esos seres humanos excepcionales?
En El Show de Bernard entrevisté a unas mil personas, entre las cuales he encontrado algunas fabulosas.
¿Brigitte Bardot?
Con ella tuve una correspondencia por el lapso de diez años. Tengo un montón de cartas en que me cuenta muchas intimidades que nunca publicaría, aunque me haría millonario con eso.
¿Qué idea tiene de esos famosos con quienes ha conversado?
La tragedia ocurre cuando uno se da cuenta que la imagen que proyectan no corresponde a lo que son. Sucede con muchos. Pero cuando uno encuentra a un Alberto Cortez, a un Serrat, a un Jacques Costeau, a un Marcel Marceau... ¡Púchicas! Entonces uno piensa que el mundo es maravilloso.
Luego ¿la gran paga que le ha dado el periodismo es acceder a esa gente regularmente inalcanzable?
Sí. Sobre todo cuando, después de la entrevista, uno queda enganchado con una amistad. Ese es el privilegio. El entrevistado empieza a importarle a uno.
¿Es usted nervioso?
Un neurótico hiperactivo.
¿Tiene algo seguro?
Lo único seguro es la ternura, cuando se la logra domesticar. Lo único seguro es lo que uno da, sin importar lo que pueda recibir. Por eso el amor es lo más seguro que puede haber. Es lo que nos salva incluso de la muerte.
¿Qué relación tiene con el poder?
Aristóteles decía que el hombre es un animal político. Yo no he llegado a ser lo suficientemente animal como para llegar a ser político.
¿Le ha gustado el dinero. ¿Ha ambicionado tenerlo?
Tengo los medios económicos para vivir sin angustia, pero no tengo ahorros, no me importan. Sin embargo, pienso que cuando no se tiene nada de dinero, la vida puede convertirse en un infierno.
¿Y sus gustos burgueses?
Bueno, mucho más agradable es manejar un carro con aire acondicionado que subirse en un colectivo destartalado. ¿O no?
¿Qué expectativas tiene para estos próximos años?
Tratar de no morirme... todavía.
¿En general tiene buena salud?
Me han abierto la barriga cinco veces en un año y medio. Sí: soy muy abierto. Tal vez el más abierto del país. Valery decía...
Usted cita mucho. ¿Tiene buena memoria?
No tanta como quisiera. Pero a veces las citas son prácticas porque hay otros hombres muy inteligentes que han dicho mejor lo que uno quisiera decir. Además, siempre decimos lo mismo de una manera diferente.