Después de 30 años de constantes contactos con los huaorani, Erwin Patzelt acaba de publicar, con el sello editorial del Banco Central, su libro Los huaorani: los últimos hijos libres del jaguar, una obra de gran formato que tiene cerca de 200 fotografías a color, de las casi tres mil que comprende la colección del autor.
Para este biólogo alemán, este no es su primer libro sobre nuestro país. Antes escribió Flora del Ecuador y Fauna del Ecuador. Está casado con una ecuatoriana y tiene una hija ecuatoriana.
¿Por qué salió de Alemania?
El Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país buscaba profesores para los colegios alemanes en Latinoamérica. Fui primero a Chile, a un colegio en Temuco, donde estuve seis años. Ahí investigué sobre la flora chilena y los indios mapuches.
¿Cómo llegó al Ecuador?
Había escuchado sobre las islas Galápagos que, como biólogo, me interesaban mucho. Fui allá con un doctor suizo, llevando los primeros equipos para la estación Charles Darwin. En esos años (1961) prácticamente no había turismo en las islas. Me quedé dos meses e hice algunos estudios botánicos. Cuando estaba en Chile me propusieron que viniera a Quito como profesor al colegio Alemán. Acepté y, en 1967, me instalé en el Ecuador.
¿Con qué se encontró?
Con que tenía que aprender sobre la flora y la fauna locales. Empecé a catalogar las especies y a tomar miles de fotografías.
¿Ese interés científico le llevó hacia los huaorani?
Tenía mucha curiosidad por conocer la vida de esos indígenas. Un amigo me condujo por primera vez hacia ellos en julio de 1971, pero yo ignoraba que en marzo de ese año los huorani habían matado al cocinero del campamento de Tivacuno. Los petroleros estaban muy nerviosos. Allí encontré a un auca-quichua, Samuel Padilla, hijo de Dayuma (una huaorani que había abandonado su pueblo años antes), quien interpretaba en el campamento los signos de otro posible ataque.
¿Él fue su contacto con los huao?
Sí. Fuimos en un helicóptero, y tuve que regalar mi cámara fotográfica al piloto para convencerle de que aterrizara en territorio huaorani. Los petroleros me hicieron firmar tres veces un papel en que, en caso de que algo me sucediera, liberaba de toda responsabilidad a la compañía petrolera.
¿Dónde aterrizaron?
En una loma. El piloto tenía el motor prendido, para despegar en caso de emergencia. Lo primero que vi fue una anciana que me hizo unas señas que yo interpreté como un signo de hambre, porque se llevaba varias veces la mano a la boca. Le entregué naranjas y galletas. Los demás estaban escondidos en los árboles y fueron saliendo de a poco.
¿Usted tenía miedo?
Miedo no, pero estaba alerta. Sabía que sus reacciones no eran típicas. El encuentro fue breve, pero fructífero. A los ocho días regresé.
A lo largo de 30 años ¿cuántos contactos tuvo?
¡Huuuyayay! No sé, muchos. Poco a poco fuimos amistando, hasta que una vez pude, ¡por fin!, quedarme a dormir allá.
¿Cómo hizo para ganar su confianza?
Siempre les llevaba regalos: arroz, azúcar, hachas, machetes, gallinas.
¿Gallinas?
Eso fue algo chistoso. Les llevé un gallo y algunas gallinas. Después, en otro viaje, vi que habían matado a las gallinas y solo quedaba el gallo. ¿Y las gallinas?, pregunté. Me dijeron que no servían para nada, porque no sabían cantar. Lo curioso es que los indios habían aprendido a imitar el canto del gallo y así se comunicaban entre ellos en la selva.
¿Y las gallinas?
Se las repuse, pero solo trece años después vi que los indios habían aprendido a comer los huevos, que tenían una cáscara muy blanda por la falta de calcio.
¿Cómo llamaban a las gallinas?
Gallinas. Por eso entendí cómo se introducen palabras nuevas a un idioma. Igual pasó con otras palabras como capitán, gallo, helicóptero. Las escuchaban, veían a qué hacían referencia y las repetían, incorporándolas a su lengua.
¿Usted aprendió su idioma?
Solamente unas pocas palabras.
¿Dejaban que les tomara fotos?
No sabían de lo que se trataba. Examinaban la cámara por un lado y por otro. Un día llegué con las fotos reveladas y se las enseñé. Fue la primera vez que ellos se “conocieron”, vieron cómo eran sus propias caras. Igual pasó cuando les mostré un espejo.
A un europeo, a un científico como usted ¿qué le aportó la cultura huaorani? ¿Qué aprendió de ellos?
Me sorprendió la manera sencilla en que se puede vivir. Aprendí mucho de ellos. Vi cómo hacían sus ollas, la cerbatana, la hamaca, la bodoquera...
¿Tienen sentido de la propiedad?
Todo es de todos. Si alguien llega de cacería, reparte las presas. Prácticamente no tienen jefe. Son muy libres. Los niños van de acá para allá, viven en una choza y en otra.
Pero con las costumbres y las cosas que vienen de afuera ¿cambian su vida?
Una vez llevé té. Lo pusimos a hervir en una olla. Agregamos azúcar. Lo tomaron con gran gusto, pero no durmieron: pasaron cantando toda la noche, excitados por el té. Otra vez vi a una mujer con un absceso en la boca, tal vez como producto de la inflamación de una muela. Le di un poquito de penicilina y al día siguiente se curó. Claro: ¡su cuerpo nunca había probado antibiótico!
¿Usted anduvo desnudo para estar como ellos?
Vestido. Me examinaron para ver si también yo usaba el komi (fina cuerda que los huaorani se ponen alrededor de la cintura y con la cual sujetan el pene). Cuando vieron que no, me dejaron. Pero me imitaban. Si yo ponía las manos dentro del bolsillo del pantalón, ellos hacían lo mismo, aunque estaban desnudos. No conocían mis señas y trataban de aprenderlas.
¿El sentido de la muerte es tan dramático para ellos como para nosotros?
No. La muerte es algo que ocurre normalmente. Se enojan con facilidad y pueden matarse entre ellos. O matan al marido (así sea su hermano) cuando quieren quedarse con la mujer. Tampoco les gusta que entre a su territorio gente extraña. Y la matan.
¿Y por qué no le mataron a usted?
Es difícil saber. Quizás porque nunca estuve armado, nunca tuve algo para defenderme. Sin embargo, pasé por algunos momentos tensos, dramáticos, sobre todo cuando fui acompañado de otras personas.
¿Cómo entierran a sus muertos?
Los dejan en la selva, para que se los lleven los animales. Hay cosas que no podemos entender.
¿Por qué se les llamaba aucas?
Así los llaman los quichuas. Auca significa salvaje, bárbaro. Es una palabra peyorativa. Yo los llamaba así también.
¿Y ahora?
Huaorani. Eso quiere decir gente. Y es que para los huaorani, ellos son la gente. Los demás no son gente. Para ellos, los otros son salvajes.
¿Incluyendo usted?
Después comenzaron a llamarme Yata, que fue el nombre de uno de los suyos que murió. Él fue muy bueno “y como tú también eres bueno con nosotros te llamamos Yata”, me dijeron.
¿Y los tagaeri?
Salen de los huoarani. Tienen su mismo pensamiento. Yo hablé con Davo (un guerrero huaorani) y él me contó todos los ataques y las muertes que había causado. Cuando le pregunté a cuántos había matado (incluyendo a su abuela y a una de las esposas de su padre) comenzó a contar con los dedos de las manos, después siguió con los dedos de los pies. Y le faltaron dedos. Matar es una cosa normal. Matan por vengarse. El padre de Davo se llamaba Nihua. Un quichua mató a Nihua. Asumió el mando Kemontare, un hombre muy sanguinario. Davo mató a Kemontare, que era hermano de su padre. La facción de Kemontare quedó bajo el mando de Taga, que se remontó en la selva. De ahí viene lo de tagaeri.
¿Cuántos son los tagaeri?
Unos 40 o 50. Es un grupo pequeño pero muy violento.
En su vida en la selva, ¿usted comió de todo?
Culebras no. Monos, sí. Y orugas. Pero yo llevaba alimento y compartía con ellos. Lo que nunca aceptaron fue sal. No conocen la sal.
¿Y conocen el sonido de la motosierra?
Claro. Son los mejores defensores de la selva, que es su hábitat. Colombianos y peruanos entran también a talar los árboles con motosierra y ahí tienen problemas.
Después de tantos años de haber convivido con los huaorani, ¿cómo los ve ahora? ¿Su cultura se está perdiendo?
Completamente. Ahora usan cascos de petroleros, botas de caucho. Como digo en mi libro, los nativos viven el fin y la extinción de sus vidas. Miles de hectáreas de selva tropical están destruidas, los ríos se han contaminado y la espesa selva tropical ha ido perdiendo sus encantos.
La cacería y la pesca han ido disminuyendo, a más de que su cultura ha perdido identidad y orgullo, a tal punto que hoy ellos se han convertido en mendigos en medio de la riqueza de su propio territorio. Claman caridad mientras sus casas están construidas sobre inmensos yacimientos de petróleo.