Leí Itinerario de trenes. Y la novela me deslumbró. Me sentí atrapado por la trama, por la solidez de los personajes, por la calidad de la escritura, por la cantidad de conocimientos que destila la obra que, a pesar de eso, está exenta de pedantería.
Su autor es Jaime Marchán Romero. Sí: el actual vicecanciller que, cuando no está en funciones, fuma pipa.
¿Cómo trabaja sus novelas?
Por etapas. Primero saco, de una sola, todo lo que tengo adentro, como un vómito. Eso lo hago en unos tres meses, escribiendo a razón de cinco páginas por día, de siete a nueve de la mañana. Después viene la corrección, que me lleva tres, cuatro años. Esa es la labor más complicada.
¿Qué fue antes para usted, la literatura o la diplomacia?
La literatura. Me veo, desde muy pequeño, leyendo todo lo que caía en mis manos.
¿Que era qué?
Primero revistas. Cómics, como los llamábamos. Superman, La pequeña Lulú... Después, los libros de Salgari o Julio Verne. Y westerns. En secundaria tuve un gran profesor de literatura, Carlos Carrera Andrade, que me infundió la pasión por los clásicos, cuando yo era alumno de la Academia Militar Ecuador. Homero se convirtió en mi autor de cabecera.
¿Entonces, de alguna manera fue un autodidacto?
Siempre he estado muy cerca de la lectura. Me rijo por un adagio que encontré por ahí alguna vez: leed a los clásicos, mas no escribáis como ellos.
Y antes, en la escuela, ¿era un buen alumno?
En el Pensionado Borja Nº 2 era un desastre. Cargaba algo que para entonces era un estigma y me causó muchísimos conflictos, tensiones interiores: ser hijo de divorciados. Fui un niño solitario, triste, marginado. Ahí encontré en la lectura mi propio mundo, un poco autista si se quiere. En la ficción comencé a construir mis propias verdades, hasta que caí en la Academia Militar, un sitio peor, regentado por un gran educador que era mi tío, monseñor Romero. Mi tío, por bien hacer, le dijo al instructor, el teniente Pazmiño: “Este es mi sobrino, hágalo un hombre”, cuando yo lo que quería era ser escritor. Entonces enfrenté todo el machismo exacerbado de la época. Y es que en la Academia escribir estaba considerado una mariconada. Eso me llenó de traumas. Después de la Academia caí en manos de mi tercer educador que fue el psiquiatra, con quien estuve por siete años, toda la época que duró mi estancia en Washington. Solamente luego de pasar por ese proceso encontré que la ficción tenía una enorme capacidad de catarsis y que lo hermoso de la vida no está en lo liso, en lo llano, sino en la subversión de la conciencia. Por eso mis personajes siempre están rompiendo esquemas.
¿Quiénes son esos personajes?
Al principio tuve la ilusión de que yo los creaba. Después me di cuenta de que era yo mismo el que se desdoblaba en todos ellos. En ese desdoblamiento uno tiene el sueño, bastante atrevido, de creerse Dios. Un Dios egoísta, un Dios constructor y destructor. Me di cuenta que en mis personajes está el malo que soy y el bueno que quisiera ser.
Luego de una formación católica ¿cuál es ahora su relación con Dios?
No tengo una relación personal con Él. Se me perdió. Se me quedó. Creo en un Dios con mayúscula, pero no gasto el tiempo tratando, atrevidamente, de prefigurármelo. Me he hecho panteísta. Encuentro a Dios en la belleza de las cosas, de la naturaleza. Para mí tiene mucha importancia la estética. Considero que estética y moral son la misma cosa.
¿Y en su trabajo diplomático también busca la estética?
La carrera diplomática es muy bella, le permite a uno viajar, conocer otros idiomas, otras culturas. Y eso lo va enriqueciendo. Pero hay la parte cotidiana, burocrática, igual a cualquier otro trabajo.
¿Se llevan bien la diplomacia y la escritura?
He encontrado que sí, por esa movilidad. Mis novelas hablan sobre el destino. Una se llama Destino Estambul. Otra, Itinerario de trenes. La primera, La otra vestidura. Siempre hay mutación, cambio. Un viaje, que puede ser físico, de un lugar a otro de la Tierra; pero que también puede ser de una a otra verdad, de una mentira a otra mentira, de un estado de ánimo a otro.
¿Y cuál es otro tema recurrente?
La búsqueda del amor, no solamente con una mujer, sino con la vida. En Destino Estambul, el protagonista cae enamorado de la ciudad, una ciudad fascinante, toda ella femenina, misteriosa. Y ahí conoce a una filóloga que lo introduce en el conocimiento de los poemas otomanos del siglo XVI.
¿Es usted tan maniático como el personaje de Itinerario de trenes?
Sí. Me veo en mis libros como un hombre lleno de fobias, de manías. He tenido dos referentes médicos: el dentista (al que voy regularmente) y el psiquiatra. Después descubrí que en mis libros hacía sesiones largas, intensas, de autoterapia. Me encantan ver mis manías, mis fobias, mis temores, pero también mis amores, mis ilusiones, mis sueños. Yo me desdoblo en mis libros.
La literatura, de alguna manera, ¿ha sustituido al psiquiatra?
Sí. La literatura me sana porque una vez que he sacado del baúl las pesadillas, las fobias, las veo ahí y me río. Desde ese punto de vista, la literatura también es un gran divertimento.
¿Cuál fue el primer texto que escribió y del que tiene memoria?
Un cuento, a los 15 años. Lo hice a escondidas, en la Academia, donde era prohibido escribir. Por eso me subía a un árbol. El cuento se llamaba El hotel automático, porque ya me obsesionaban el orden, la perfección. Pero poco a poco el cuento se fue llenando de bestias, de faunos. Al final terminé reflejando lo que era el colegio, pero en forma de un hotel con los compartimentos donde vivía cada una de las bestias. Eso cuento, escrito en una libreta espiral, lo guardaba en un bolsillo de la camisa del uniforme; en el otro guardaba el manual del cadete que, entre jaculatorias y oraciones, era un código para ser macho. Yo oscilaba entre esos dos mundos, en una especie de esquizofrenia.
¿Más que ser ministro de Relaciones Exteriores quiere ser escritor a tiempo completo?
Sí. Ministro nunca quisiera ser. Sin embargo, la diplomacia y la literatura no son incompatibles. Incluso creo que se puede ser escritor sin necesidad de escribir. La escritura es una pasión que se vive, que se lleva adentro. Mentalmente todo el tiempo estoy escribiendo. Un escritor es escritor siempre. Lo otro es el oficio, la parte artesanal. Sentarse, corregir, rehacer, tachar.
Y en esa parte artesanal ¿con qué escribe usted?
Al comienzo con esferográfico, en libretitas espirales. Luego me compré una pluma fuente. Me fascinan el olor de la tinta y el rasguño de la pluma sobre el papel. Más tarde, por la facilidad de corregir, comencé a usar computadora. Y es que, luego de terminar el borrador, hago varias lecturas. Leo el texto desde el punto de vista del protagonista, para ver si tiene coherencia; después, desde el punto de vista de cada uno de los personajes. Hago lecturas para quitar los adjetivos, para sincronizar los tiempos, para fijar los olores, los colores, las comidas. Y así, paulatinamente, se va enriqueciendo la novela, sobre todo porque mis personajes viven fuera de los cuartos, en ciudades donde caminan por las calles, visitan cementerios, museos, restaurantes.
¿Cómo es su relación con los libros de otros autores?
Leo siempre. Y trato de leer de todo. Una de las razones que deterioraron mi primer matrimonio fue que le presenté a mi mujer un horario de lecturas. Me casé a los 19 años; le dije que para que nuestro matrimonio funcionara bien, le pedía respetar un horario de lecturas: de 7 a 8, los clásicos; de 8 a 9, los autores del Siglo de Oro español; de 9 a 11, un poco de psicología e historia. Y mi mujer me preguntó que entonces cuándo iba a hablar con ella. Quise leer ordenadamente, pero en la práctica no lo he podido hacer, no me han dejado.
Hablaba de su primer matrimonio. ¿Ha sido afortunado en el amor?
Creo que sí. He tenido la suerte de ser varias veces feliz. No me cierro a la posibilidad de búsqueda. El amor es un gerundio: estar amando. Si uno toma el amor como un coto cerrado, está muerto. He tenido algunas relaciones en mi vida, todas intensas, todas enriquecedoras. Creo que un gran nutriente de mis libros ha sido esa capacidad de amar. O de buscar el amor.
En esa intensidad de vida, ¿ha estado alguna vez cerca del suicidio?
Hubo un momento en que el suicidio fue el tema central de mis reflexiones. He tenido que dominar mi tendencia depresiva. Una depresión que consiste en sumergirme en el mundo que quiero crear en una novela, y surge la angustia por expresar eso que quiero. A veces me he planteado el suicidio en términos de un texto frustrado. Pero poco a poco he ido comprobando que si uno va, a través de las caídas y fracasos, conviviendo con los personajes, compartiendo con ellos esas angustias, se crea una ficción, que es la mejor terapia. Soy grato con mis libros. Me han enseñado mucho. Y ahora me han hecho ahorrar el pago del psiquiatra.
¿Cuando se retire de la diplomacia va a dedicarse de lleno a la literatura?
Por ley, uno se jubila a los 65 años. Me faltan nueve. La víspera de jubilarme quiero invitar a los amigos del Ministerio para decirles que les agradezco mucho todo lo que la Cancillería me ha dado y contarles que ahora voy a mi cráter.
¿Su cráter?
Me compré una parcelita en Nieblí, 16 kilómetros adentro del cráter del Pululahua, cerca de un pueblito que se llama Infiernillo. Ahí estoy construyendo una cabaña donde quiero encerrarme a escribir, hasta que muera.